El 13 de noviembre de 1992, Lucrecia Pérez fue asesinada en Aravaca (Madrid), en el que se reconoce como el primer crimen racista –documentado– de la historia del Estado español. Lucrecia había llegado un mes antes de República Dominicana y vivía con un pequeño grupo en las ruinas de una discoteca a las afueras de Madrid hasta que se encontró con la violencia más extrema. No hubo dudas sobre el origen xenófobo de lo sucedido: el fiscal afirmó que fue asesinada por ser extranjera, negra y pobre.

Entre la comunidad migrante, este hecho supuso un duro golpe; sin embargo, hicieron acopio de fuerzas y lograron convertirlo en un punto de inflexión, especialmente para las mujeres. Decidieron que ese asesinato no se podía quedar impune. Pusieron en marcha su voz y su cuerpo e iniciaron acciones legales, se concentraron en ciudades como Madrid, Sevilla o Barcelona, se encerraron en parroquias. Querían que se hiciera justicia, no solo por Lucrecia Pérez, sino también por todas las situaciones de violencia que vivían –y siguen viviendo– en el Estado español. En 2021, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado investigaron más de 1.802 infracciones penales e incidentes de odio. Y eso son solo los contabilizados por canales oficiales.

El crimen de Lucrecia Pérez fue un detonante a muchos niveles. La organización histórica del movimiento de mujeres migradas y refugiadas tomó un gran impulso, que fue creciendo de forma persistente. Se crearon las primeras asociaciones y colectivos, se expandieron y generaron múltiples actividades enfocadas a visibilizar la violencia y contrarrestar sus efectos. “Hemos reaccionado a lo que nos pasa. Nos ayudó a que cada día nos vayamos empoderando y vayamos abriendo un poco más los ojos y no permitiendo que abusen de nosotras, que pisoteen nuestra dignidad”, explica Luz Amparo Suaza, presidenta de la asociación de limpiadoras Kellys Unión Cataluña.

La violencia contra las mujeres procedentes de otros territorios del mundo se percibe de muchas y diferentes formas. El abuso laboral es uno de los más frecuentes. El ámbito de la limpieza y los cuidados, copado principalmente por este colectivo, recibe de forma cotidiana presiones e intimidaciones, algo que no se puede afrontar si no es con el soporte de las demás.

Las camareras de piso están expuestas a todo tipo de vejaciones. Nuestra lucha es ayudar a empoderarse para que pierdan el miedo a quedarse sin trabajo y reclamen sus derechos, porque si no los reclamamos nosotras ellos no nos van a decir cuáles son”, señala Luz Amparo Suaza.

Además del laboral, existen otros terrenos, como el institucional, donde las mujeres migradas han aunado fuerzas, pese a que la situación de partida sea compleja: “Se prioriza la situación administrativa antes que a las personas. Eso refuerza la opresión estructural que existe y las dificultades para acceder a servicios públicos, como son servicios sanitarios, jurídicos, sociales o educativos. Y también está la Ley de Extranjería y los CIE”, apunta Carmen Paulino, de Mujeres, Voces y Resistencias, colectivo creado en 2019 por varias mujeres migradas.

Menciona también la violencia económica, derivada de la precariedad laboral, y la violencia simbólica, habitualmente invisible pero muy presente a través de la reproducción de estereotipos y de la estigmatización de lo diferente. A este cóctel agresivo se le añade la violencia machista y la multiplicación de problemas que llevan aparejadas cuando quienes la sufren son además de mujeres, migradas.

Fuerza coordinada

Para contrarrestar las situaciones de hostigamiento, ellas desarrollan todas las actividades que tienen a su alcance, de forma coordinada entre colectivos. Carmen Paulino conoce la importancia del impulso grupal: “Nos organizamos cada vez más. Creamos nuevas formas de agrupaciones específicas, redes a nivel nacional o regional; hacemos campaña para transformar leyes, para intentar transformar normas y creencias; sensibilizamos a la ciudadanía a través de diferentes medios, denunciamos los casos de discriminación por racismo o xenofobia, realizamos charlas, foros, encuentros y talleres para la comunidad y para el propio colectivo migrante”.

Y es que las mujeres migradas saben que generar fuerza colectiva es una de las bases para avanzar, reclamar derechos y exigir mejoras. “Tratamos de reunirnos con otras asociaciones y de ir mostrando nuestra problemática. También nos manifestamos y exigimos lo que queremos. En nuestro caso, entre otras cosas, queremos la jubilación anticipada”, apunta Luz Amparo Suaza, en referencia al duro trabajo que realizan las limpiadoras.

Para respaldar la actividad colectiva, Calala Fondo de Mujeres lleva más de una década apoyando el fortalecimiento del movimiento feminista migrante. Siguiendo esta línea de trabajo, en el año 2019 impulsaron un Análisis del movimiento de mujeres migrantes y racializadas en el Estado español. De ahí partió Ilê  Ayé: Fugas  en  la  Pacha,  Narrativas  Genealógicas. Feminismos  antirracistas  migrantes  en  el  Estado  español  1980-2020, una investigación desarrollada por Jeannette Tineo para Calala Fondo de Mujeres  en la que se recogen aportaciones de 89 mujeres de diferentes comunidades autónomas pertenecientes a organizaciones y colectivos diversos. Esta genealogía persigue un objetivo principal: mantener viva la memoria desde las comunidades en las que se genera Herstory y crear narrativas históricas que den cuenta del movimiento feminista antirracista.

Todo este trabajo común de creación de sinergias va sedimentando en distintos logros. Aunque el racismo y su consecuencia más directa, la violencia, sigan muy presentes en la sociedad, la visibilización de las demandas de las mujeres migradas ha cobrado relevancia, y también su participación social. Carmen Paulino destaca la creación de la Plataforma 13N, la primera asamblea antirracista que funciona en las principales capitales.

“Existe más cohesión entre las diferentes organizaciones de mujeres migrantes, se han creado leyes de apoyo específico para luchas y reivindicaciones concretas. Hay una participación más activa en los espacios públicos”, resalta. El cambio en las políticas de representación de las ONG y otros colectivos se perfila como otro punto de vital importancia. “Antes hablaban por nosotras, ahora somos parte de mesas redondas, conversatorios, foros y otras actividades”, añade Carmen.

Conseguir que las futuras generaciones tengan referentes de personas migrantes o afrodescendientes en las escuelas y colegios en España forma parte también de su hoja de ruta. Para ello, la opción pasa por continuar el camino, seguir dando pasos y hacerlo cada vez con más respaldo. Pese a los obstáculos permanentes, pese a la fatiga sobrellevada por el trabajo, los cuidados y las dobles jornadas. Pese a la falta de tiempo a la que hacen frente a diario. Su alternativa nunca es bajar la guardia frente a las injusticias. “Para lograr cosas en el futuro tenemos que pensar y seguir unidas y poder lograr lo que queremos. Y, ante todo, exigir el respeto y la empatía hacia nosotras, las mujeres migrantes”, concluye Luz Amparo.

Artículo publicado en lamarea el 06-02-2024