El domingo 17 de septiembre tuve, por primera vez, miedo del mundo al que he traído a mi hijo. Estaba en ese lamentable acto reflejo de pasar stories de Instagram, cuando apareció una madre de Almendralejo (Badajoz) explicando que a su hija y a otras niñas les habían publicado unos falsos desnudos creados con la, dizque, inteligencia artificial. Les habían publicado unos falsos desnudos sus compañeros, también menores. A una niña la intentaron extorsionar. Cuántos fallos estructurales tienen que darse para llegar a esta postal del terror.

Este verano tomé contacto con chicos y chicas de 18 años quizás por primera vez desde que yo los tuve. Constaté lo que no ha cambiado: ellas se expresaban y se manejaban como si fueran mucho más mayores que ellos, la elocuencia frente al monosílabo. Me sorprendió lo que sigue igual (o peor): ellos las clasifican por su físico con unas siglas que mi mente ha preferido olvidar. Me impactó lo que yo no recuerdo así: hablan de primeras relaciones sexuales con trece años. Esta semana leí que el primer contacto con el porno es a los nueve, en el móvil.

Si me guío por lo que dice mi pantalla –de mis amigas, de la gente que sigo– estamos todos en un juramento millennial para que nuestros hijos no se enganchen, al menos no se enganchen tan pronto, a este aparato que nos esclaviza. Si escucho a la gente en la calle, me hablan de niños de menos de tres años a los que el móvil les hace de cuidador. Dicen: ¡Está enganchadísimo, los padres ocupados! Si pienso en el presente reciente, me veo en esta casa en la que no tenemos ni conectada la tele a la antena, desayunando con la radio, pensando desde esta semana cuántos años podré sentir esta ilusión de cierto control, si debería irme yo también de las redes, abandonar todo lo posible esa pantalla, pero cómo me voy a ir si por ahí me llegan trabajos, también hay que comer.

Dicen que los millennials somos nostálgicos, y por supuesto tienen razón, y cuéntenme cómo podríamos no serlo. Somos la primera generación que nació tarde, que llegó para verlo todo caer. Mientras escribo esta columna: “Trabajar 13 horas al día, pero no como algo extraordinario, sino como una forma de vida. Es lo que ha aprobado este viernes el Parlamento griego”, dice una alerta que le tapa la cara a mi hijo en la foto del fondo de pantalla. Hoy en una entrevista me explicaban que en una ciudad pequeña cuesta la mitad que en Madrid mantener a un hijo universitario fuera de casa. “Sólo 800 euros”, decían. Cuántos de nuestros hijos podrán hacer lo que nosotros hicimos. Cuántos querrán, para entonces. Nosotros nos tiramos a una piscina que ya estaban vaciando seguros de que nadie nunca había estado mejor preparado para nadar. Ellos, todos los que vienen detrás, ya ven la pintura desconchada del fondo.

Yo me tengo por una persona muy preocupada pero entusiasta. Hasta el 17 de septiembre me había mantenido más o menos serena ante las otras crisis que heredarán los hijos que hemos traído al mundo: la climática, el capitalismo feroz. Pensaba, quería pensar: puede cambiar también para bien. El caso de Almendralejo me ha hecho sentir un pánico desesperanzado. La capacidad de autodestrucción del ser humano me desarma. Los propios desarrolladores de la inteligencia artificial la temen. Abundan los simposios sobre si nos quedaremos tantos sin trabajo. Se habla de ella como si fuera algo que nos ha caído encima, inevitable, cuando en realidad es una creación humana que los humanos tenemos la responsabilidad de regular, de controlar y de mantener lejos de quienes no tienen la madurez necesaria para saber el inmenso daño que pueden hacer con ella.

Artículo publicado en InfoLibre el 23-09-2023