El presidente de la Xunta de Galicia, Alfonso Rueda, reiteró en su discurso de investidura lo que ya había sido promesa electoral: la Xunta de Galicia pagará la congelación de óvulos de las mujeres de entre 30 y 35 años sea cual sea el motivo por el que lo hagan. Galicia se convertiría así en la primera comunidad autónoma cuya sanidad pública asuma la vitrificación generalizada: hasta ahora, la cartera de servicios solo incluía la preservación de semen u ovocitos para los casos de pacientes que se someten a tratamientos oncológicos que pueden afectar a su fertilidad. Rueda defendió la medida como una manera de hacer frente a la caída de la natalidad. Sin embargo, la inmensa mayoría de mujeres que acuden a la congelación lo hacen por “razones sociales”: la vitrificación es una salida de emergencia, la consecuencia de un problema social que los óvulos congelados no solucionan.

Los datos de la Sociedad Española de Fertilidad muestran que las mujeres que han acudido a esta práctica en la última década se han multiplicado por 28. Si en 2010, primer año en el que la organización registró estas cifras, hubo 129 mujeres que preservaron su fertilidad, en 2019 este dato había ascendido hasta las 4.396 mujeres. En 2020 hubo 3.745 mujeres que congelaron sus óvulos, algo menos que el año anterior pero en un periodo claramente influido por la pandemia y los confinamientos. En estas cifras no están incluidas las mujeres que vitrifican por razones médicas. Al mismo tiempo, la edad media de maternidad ha ido aumentando y las tasas de fertilidad cayendo.

Si bien la congelación está ahora solo al alcance de quien puede pagarla (el procedimiento cuesta unos 3.000 euros de media, más el pago por mantenerlos congelados pasado un tiempo), presentarla como política contra la baja natalidad parece contradictorio. “Por un lado, dará la posibilidad a gente que no podía por motivos económicos y seguro que dan soluciones concretas a personas concretas, pero no va a la raíz del problema”, dice la investigadora Sara Lafuente Funes, experta en reproducción asistida y bioeconomía. ¿Por qué la gente no tiene hijos o está retrasando la edad de tenerlos? “Habrá que pensar en cuáles son las condiciones de vida que imposibilitan pensarlo o pensarlo antes y que no se resuelven con esta medida”, apunta Lafuente.

Es el mismo planteamiento que expone la socióloga Ana Rivas, que subraya que tal y como se proponen este tipo de técnicas producen una “despolitización de la maternidad”. “La oferta de vitrificación de los ovocitos como incentivo social/laboral plantea el problema de la conciliación como una cuestión individual/particular que atañe solo a la mujer, y no como una cuestión social que afecta a la sociedad en su conjunto”, expone en un estudio. Para algunas mujeres, la posibilidad de hacerlo les da “cierto alivio”, explica Sara Lafuente, aunque el porcentaje de mujeres que acude posteriormente a recuperarlos para quedarse embarazadas es, de momento, pequeño.

En uno de sus últimos estudios, Lafuente se centra en los perfiles de mujeres que muestran cierta ambivalencia al vitrificar sus óvulos, precisamente por razones políticas: “Es un perfil que no se ha encontrado tanto en otros países y eso puede tener que ver con una especial falta de apoyos del Estado en comparación con otros lugares y también con que se ha extendido un discurso crítico feminista acerca del retraso de la maternidad y de que su solución debería ser más social que médica”. Las mujeres a las que entrevista Lafuente muestran rabia, frustración o miedo por estar haciendo algo que preferirían resolver de otra manera pero a lo que se ven abocadas por la precariedad, el problema de la vivienda o el miedo ante la falta en general de una sociedad que tenga en cuenta los cuidados.

Vitrificar no equivale a un embarazo

Vitrificar no es, además, garantía de ‘éxito’. El ginecólogo y miembro de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) Roque Devesa asegura que la técnica está muy depurada pero no puede asegurarse que el resultado será siempre un embarazo: “Cometeríamos un error si transmitimos que no hay que preocuparse, que en el futuro seguro que lo consigues si vitrificas. Es dar una idea de infalibilidad de la medicina que no es así”. Si bien a menor edad, más calidad tiende a tener el ovocito, Devesa cree que la decisión de poner el límite en los 30 años puede tener que ver con la idea de que cuanto más pronto se hace, menos probabilidad hay de que las mujeres los recuperen en el futuro.

Devesa también señala que la sanidad gallega deberá establecer un protocolo, no solo de edad, sino de las pruebas que las mujeres deberán pasar antes, como ecografías o análisis de sangre, como se hace ahora en las clínicas privadas. “Primero habría que medir su reserva ovárica”, dice. Puede darse el caso de que mujeres de entre 30 y 35 años ya tengan una reserva baja o muy baja. En ese caso, hay que valorar si la vitrificación, que implica someterse a un procedimiento médico en el que las mujeres tienen que hormonarse, merece la pena. El ginecólogo subraya que la edad es el principal factor reproductivo.

La “gran solución”

La investigadora de comunicación y sociedad de la Universitat Pompeu Fabra Leila Mohammadi explica que la vitrificación era, sobre todo, una solución para un problema específico –la pérdida de fertilidad por tratamientos contra el cáncer– pero la consolidación de la técnica a partir de 2010 hizo que aparecieran “lógicas mercantiles”. “De repente parecía que era la opción ideal para que las mujeres pudieran tenerlo todo”, afirma. Aunque Mohammadi cree que esa “magia” que se vendía al principio ha cambiado, defiende que todavía falta información para situar la práctica en un contexto más amplio, tanto social como médico.

“No puede aparecer como la solución a un problema que existe, pero cuyas soluciones son otras. El retraso de la maternidad es un problema estructural, no un problema individual que debe resolver cada mujer sino del que debemos ocuparnos colectivamente; el Estado debe responder a esa problemática”, argumenta. La investigadora considera que la posibilidad de acceder gratis a esta técnica puede incrementar incluso la presión de muchas mujeres: “Si ya aparece el ‘hazlo ahora o te arrepentirás’, cuando encima te lo ofrecen gratis se incrementa la responsabilidad individual”. Ese ‘por si acaso’ puede aumentar la culpa o la sensación de que si luego una mujer no puede tener hijos es porque no decidió en su momento congelar ovocitos.

Los datos muestran que tener un hijo incrementa el riesgo de encontrarse en exclusión social y España es uno de los países con más tasa de pobreza infantil. “Tener buenas condiciones para vivir no lo resuelve extender la congelación de óvulos”, resume Sara Lafuente.

Artículo publicado en elDiario.es el 11-04-2024