Hay una pregunta que llevo rumiando hace tiempo y que no me abandona: ¿qué ocurre cuando una civilización decide que solo existe aquello que puede contabilizarse? No lo pregunto en abstracto. Lo pregunto mirando a China desde Montreal, mirando a Escandinavia desde el sur del mundo, mirando a la humanidad entera desde el único lugar que tengo — este cuerpo que observa, este oficio que obliga.
El bombardeo del colegio primario Shajareh Tayyebeh en Minab, sur de Irán, durante el ataque estadounidense-israelí del 28 de febrero de 2026, no solo es un dato militar trágico, sino una herida humana profunda que humaniza el coste de esta guerra.



