Aurora sabe que la vida es más sencilla si no habla. Lo sabe desde los diez o doce años, cuando las intervenciones de los niños comenzaron a sonar por encima de las de las niñas.

Se ha acabado el tiempo de las promesas gubernamentales que siempre están a diez o treinta años vista, mientras las economías siguen haciendo lo de siempre y la amenaza climática se agiganta. Es hora de hacer los cambios radicales e inmediatos que la emergencia requiere, y los rebeldes lo saben.

El machismo de algunos jueces, la necesidad de una perspectiva de género en la judicatura, el error técnico en la redacción de la ley y la mala gestión de la crisis conviven en la misma realidad. Todo esto ocurre a la vez, no son sucesos excluyentes