Ante la brutal matanza y desalojo del pueblo palestino por parte Estado de Israel y ante la complicidad silenciosa y permisiva de Occidente, la organización y protesta sociales se hacen urgentes e imprescindibles. Los movimientos estudiantiles, consolidados en organizaciones o no, han levantado acampadas en campus universitarios a lo largo del territorio español donde, además de poner el cuerpo —y dejarlo—, se están organizando charlas, talleres, asambleas, concentraciones y otras formas de colectividad para exigir a las universidades y al Estado la ruptura de las relaciones con Israel y el alto al fuego en Gaza.

El 15 de mayo de 1948 dio comienzo La Nakba, nombre que designa el proceso de desalojo y ocupación israelí de tierras palestinas con el que se daría por fundado el Estado de Israel. Según algunas fuentes , Israel ocupó más del 77 por ciento del territorio palestino y convirtió en refugiada a más del 80 por ciento de su población. El ensayo Nakba: Palestina ,1948 y los reclamos de la memoria recoge: “Su destino [de las personas refugiadas] dependía de las decisiones de los políticos de los países a los cuales ellos huyeron o burócratas de las agencias internacionales. La minoría de los palestinos —en cualquier parte de 60.000 a 156.000, según las fuentes— quienes quedaron detrás pasaron a ser ciudadanos nominales del recién establecido Estado judío, sujetos a un sistema separado de administración militar de un gobierno que también confiscó el grueso de sus tierras. Los palestinos de la Ribera Occidental, ya fueran refugiados de otras partes de Palestina o nativos del área, quedaron bajo el régimen represivo de los Hashemitas, los gobernadores de Jordania, mientras que aquellos que residían en la Franja de Gaza, bordeando Egipto, quedaron bajo una descuidada administración egipcia. Luego, en 1967, Israel colocó estas dos regiones bajo ocupación militar”

El asedio militar israelí se ha mantenido desde 1967 hasta nuestros días. Desde octubre de 2023, las fuerzas de ocupación del Ejército vienen masacrando a la población palestina refugiada en Gaza, primero y en otros territorios, después. El 10 de mayo de 2024, Los Angeles Times publicaba un artículo donde se cifra que “Israel ha matado a más de 34.800 palestinos en Gaza, según las autoridades de salud locales, y ha expulsado de sus hogares a cerca del 80 por ciento de la población de Gaza, compuesta por 2,3 millones de palestinos”.

Occidente es cómplice de Israel desde mucho antes de que comenzara el actual genocidio. La vinculación institucional, el envío de armas, el corporativismo de las empresas, el mantenimiento de las relaciones diplomáticas o la legitimación cultural son algunas de las formas en que los países del norte global contribuyen con el apartheid israelí. Ante esto, se están organizando protestas y manifestaciones multitudinarias por todo el mundo que exigen el alto al fuego y la ruptura de relaciones con Israel. En esta línea, entre los últimos días de abril y los primeros de mayo, los movimientos estudiantiles se han organizado para establecer acampadas por distintos campus universitarios, en un ejercicio político en el que ocupar el espacio es un privilegio, un símbolo de permanencia que grita contra el desalojo gazatí.

En un tiempo en que es urgente pensar la vida, el cuerpo adopta posiciones y se coloca en el espacio para okuparlo por aquelles a quienes están desplazando. Digo que acampar es un acto político porque ocupar el espacio —poner el cuerpo— es un privilegio de los cuerpos que tienen dónde estar. Les estudiantes reconocen: “Mientras nosotres podemos seguir estudiando, hay miles de jóvenes a quienes están asesinando, desplazando, militarizando”. Ocupar el espacio como resistencia urgente, hacer presente al cuerpo que puede estar por a quienes se les está arrebatando el derecho a la vida.

El fenómeno de la acampada se ha constituido como una red internacionalista de apoyo y solidaridad con el pueblo palestino que exige el alto al fuego, el cese de la venta de armas y el boicot a Israel y a las empresas colaboradoras con el sionismo. Además, como movimiento organizado a través de organizaciones estudiantiles, exigen la ruptura de relaciones con universidades israelíes y la cancelación de eventos donde se legitime al impuesto Estado de Israel.

En España, las acampadas universitarias por Palestina comenzaron el 29 de abril en Valencia y se han ido replicando a lo largo del territorio. Por citar algunas: en Vitoria y Barcelona están okupando desde el día 6 de mayo en el campus de la Universidad del País Vasco (UPV) en Vitoria-Gasteiz y en el de la Universitat de Barcelona (UB) respectivamente; en Madrid, están desde el 7 de mayo en el campus de Ciudad Universitaria, frente al edificio de estudiantes y, desde hace algunos días, se ha extendido hacia otras zonas del campus; en Granada, se establecieron las tiendas el día 8 en la zona de paseíllos universitarios del campus de ciencias de la UGR; en Murcia (UMU) y Sevilla (US y UPO) se reunieron el pasado lunes día 13 y establecieron la acampada entre más de 100 alumnas, alumnos y docentes.

Frente al discurso que pretende deslegitimar las acampadas por “antisemitas”, que, sabemos, viene dado por parte de los medios e instituciones cómplices de Israel (el alcalde de Madrid criticó que les estudiantes que acampaban por el genocidio en Gaza “no hubieran hecho lo mismo cuando Hamás atacó a Israel” y en uno de los medios de comunicación de-rechistas aparece publicado el titular “acampada antisemita”), los movimientos estudiantiles proponen la acampada y las actividades que surgen en y desde ella como líneas de acción no violenta, intervenciones directas y firmes en sus propósitos que recogen la historia de los movimientos sociales activistas.

En Madrid —lugar donde vivo y donde he podido vivenciar la acampada—, la organización cuenta con comisiones que se encargan de gestionar la logística comunitaria: hay un equipo que prepara las comidas y cenas, otro que limpia, otro que se encarga de la comunicación en redes, etcétera. Cuentan con una caja de resistencia —a la que está aportando muchísima gente, en palabras de les acampades— que cubre los gastos económicos de los cuidados de la acampada y también han recibido donaciones de comida, agua, productos de higiene y limpieza y material de acampada. La organización BDS (Boicot – Desinversión – Sanciones) está colaborando en las concentraciones y protestas que están convocando. Una de las integrantes de esta organización, al preguntarle por los objetivos de la acampada, habla de los resultados que se están viendo a través del boicot económico a Israel y de la necesidad de trasladarlo a otros ámbitos, el académico inclusive. Como movimiento, BDS lleva años ejerciendo presión contra el apartheid israelí y, en palabras de la integrante, es fundamental que se siga alzando la voz, la acampada es un acontecimiento que está generando impacto (una de las universidades de Madrid envió un comunicado anunciando que rompe-rían las relaciones con Israel). Otra persona de la acampada cuenta que se están movilizando grupos para establecer redes de coordinación internacional con otras universidades en otras geografías: “La distancia física ya no nos impide unificar nuestras políticas”, afirma.

Una de sus exigencias principales es la desvinculación total y definitiva de la Universidad Complutense (UCM) con el Banco Santander. Esta empresa está presente en la estructura que consolida a la UCM como institución y, según han publicado diferentes medios y organismos, financia a empresas implicadas en el genocidio de Gaza y en la ocupación de Palestina. N., una estudiante de dicha universidad, cuenta que en algunos centros educativos de la UCM había oficinas del Banco Santander y también que te exigían hacerte una cuenta si querías recibir becas.

A los dos días de haber iniciado la acampada, se recibió un comunicado del CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas) donde se proponía una reunión entre rectores y acampades. Tras ese encuentro, la acampada pide la dimisión de Ángel Arias, actual rector de la Universidad Carlos III, que se negó tácitamente a asistir a la reunión. También exigen “una ruptura de acuerdos real, no promesas ni papeles, queremos hechos”.

Distintas organizaciones se han unido a los reclamos de les estudiantes. En Madrid, por nombrar algunos, se han recibido varios comunicados mostrando el apoyo a la causa palestina y reconociendo el valor de la acampada por parte de les trabajadores de Amazon y la sección sindical de la CNT y de CCOO en la Universidad Complutense. También la CGT está colaborando activamente en los apoyos, algunas trabajadoras y trabajadores de Metro que trabajan en la estación de Ciudad Universitaria se han acercado a ofrecer ayuda y mostrar apoyo y un sindicato médico y de enfermería ofreció talleres de primeros auxilios. Cuentan, además, con el apoyo incondicional de algunos movimientos sociales asamblearios en Madrid (Extinción-Rebelión, Colectivo Bisexual Taberna Bi, Bloque Bollero, etcétera). Incluso han acudido adolescentes de algún instituto a colaborar con las tareas de la acampada.

No es este un fenómeno solamente estudiantil, como vemos. En las actividades de la acampada se está involucrando un amplio rango de personas de distintas edades y posiciones. Se ven desde lejos los chalecos amarillos de los yayoflautas mientras algunes niñes pintan sobre un plástico grafitis donde se lee “Palestina libre”. También desde algunos comités docentes se están movilizando para colaborar con la acampada y hay profesorado que está impartiendo clases abiertas y participando en asambleas y talleres.

Desde las distintas acampadas han creado perfiles en redes sociales (Instagram) donde han hecho públicas sus peticiones y también comparten actividades y concentraciones. En la de Madrid, además de en redes, han repartido panfletos informativos que también han dejado a disposición en el punto de información. En ellos se lee: “Criticamos la complicidad de las universidades y el Gobierno con los crímenes cometidos en Gaza, señalando los convenios de investigación y programas de intercambio con universidades israelíes, así como la financiación universitaria por empresas vinculadas a la venta de armas y al sionismo, como ejemplos de esta complicidad”, se lee en uno de los panfletos que reparte el estudiantado y que también está a disposición en el punto de información. Y continúa: “Por lo tanto, nos mantenemos firmes y exigimos al gobierno español: ruptura de relaciones con Israel por parte del Gobierno, cesar la venta de armas en Israel, derogar las leyes represivas e instar a las universidades a romper vínculos con el genocidio cancelando acuerdos con Israel y cortando relaciones con empresas que lo financien”.

Cuando la vida no existe si no resiste, el cuerpo y el espacio son estructuras abstractas, disueltas. Ante el implacable genocidio que se está cometiendo impunemente contra el pueblo palestino, los cuerpos que acampan atraviesan el signo y lo hacen presente. El cuerpo colectivo palestino que está siendo asesinado, masacrado y desplazado está presente en el cuerpo colectivo del estudiantado que acampa y se queda: “Hasta que no se rompan relaciones no nos marcharemos”.

El ejercicio de la memoria es de “obstinada disidencia”, cuentan Ahmad H. Saadi y Lila Abu-Lughod en el ya citado Nakba: Palestina, 1948 y los reclamos de la memoria. Esa obstinada disidencia se sabe consciente, guerrera, acuerpada en una comunidad donde se resiste y se cuida —otra acampada hablaba de lo importante de “estar pendientes del grupo con cariñito”—. Un cuerpo común que trasciende fronteras y okupa el espacio público para repetir incesante-mente: “¡Viva Palestina libre!”

Artículo publicado en Pikara Magazine el 15-05-2024