Hace un año, tras el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, recuerdo que tuve una de las peores pesadillas de mi vida: en mitad de una guerra total que también involucraba a España, un helicóptero aterrizaba en mi patio; al escuchar el batir de las hélices y pensando que se trataba de una ambulancia, yo salía a intentar socorrer a los enfermos cuando, de repente, un grupo de soldados armados descendía de la nave y me agredía. Nunca supe qué daño me causaron exactamente porque me desperté en ese momento, sobresaltada, pero fui completamente consciente de que aquel sueño se debió al bombardeo informativo belicista que proyectaban todas las televisiones, a casi todas horas, contando la noticia como si la conflagración fuese en terreno propio, e inevitable.

Desde entonces, los países de la OTAN que no llegaban ya a la cifra han acordado aumentar su gasto en defensa hasta el 2% del PIB; la guerra de Occidente contra Putin se ha convertido en una prioridad incuestionable, por encima de otros fenómenos urgentes como la crisis climática; Europa implementó una política de acogida masiva a refugiados ucranianos que contrasta con su hostilidad frente a desplazados de otros conflictos; el continente ha asumido unas fuertes carencias energéticas como parte de la estrategia de sanciones impuestas a Moscú y, esas sanciones, huelga decir, no han afectado al agresor como se preveía pues, entre otras cosas, el rublo se ha revalorizado en los últimos meses. Junto a ello, el encumbramiento de Zelenski como supuesto héroe de la libertad y las culturas teóricamente civilizadas, su elevación a celebrity que visita parlamentos internacionales y hasta acude a los premios Grammy, han ido acompañados asimismo de una censura de medios rusos para evitar la propaganda.

Nadie duda aquí que el Kremlin es una potencia invasora, que la legitimidad de su aparato informativo es discutible, o que los refugiados –no sólo los ucranianos– merecen protección como exige el derecho internacional. Tampoco se pueden negar unos vínculos entre Putin y las ultraderechas europeas o la estadounidense, sobradamente demostrados por multitud de analistas, entre ellos el historiador Timothy Snyder. El problema es que unos acontecimientos tan complejos y llenos de aristas han quedado reducidos a la dicotomía amigo-enemigo y prácticamente cualquier opinión, por muy documentada que esté, que se atreva a rebatir esos parámetros queda automáticamente descalificada, excluida del debate público, cuando no ridiculizada, como examinaba la periodista Olga Rodríguez respecto al necesario enfoque pacifista.

Ya se sabe, el tiempo todo lo cura, o más bien lo normaliza: la guerra está hoy imbricada en el imaginario colectivo de una manera que no veíamos en décadas. Por eso es preciso desenmarañarla, deshabituar la guerra, contemplarla desde el extrañamiento con el fin de desvendar las consecuencias de las alianzas geopolíticas que están tejiéndose y acentúan la bipolaridad global.

Afirmó hace unos días Josep Borrell, el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, que “para ganar la paz primero hay que ganar la guerra”, una declaración de intenciones que no parece dejar lugar a ningún tipo de negociación que no pase por la derrota total de Rusia. El reconocido filósofo y sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos reflexionaba sobre esta opción, y argumentaba: “Incluso suponiendo que esto ocurra al nivel de una guerra convencional, es fácil predecir que, si la potencia perdedora tiene armas nucleares, no dudará en usarlas. Habrá un holocausto nuclear”.

“Más allá de Ucrania”

En efecto, cuesta creer que una nación como Ucrania, por mucha ayuda internacional que reciba, sea capaz de vencer al país que posee el mayor armamento nuclear del mundo, de lo que se puede inferir que las políticas europeas y estadounidenses actuales conducen a una escalada de resultados inimaginables. De ahí que Estados Unidos haya aprobado un gasto militar récord en su historia, sólo superado por el dedicado a la Segunda Guerra Mundial, según revela una investigación del New York Times. Este periódico advierte de la compra masiva de armas que está beneficiando en bolsa a las principales empresas proveedoras, estadounidenses, a petición no sólo del gobierno de Biden, sino también de países como Suiza, Japón o Alemania, y de que “es probable que se extienda más allá de Ucrania”, destacando en sus páginas el envío previsto a Taiwán frente a un posible ataque de China. Partícipe de esta red estratégica, España ya ha incrementado su presupuesto real de defensa por encima del 2% comprometido con la OTAN.

Al hecho de que todo parece indicar que nos espera habitar un mapa cada vez más militarizado, con lo que eso implica en reducción de partidas sociales y medioambientales, se suma una crisis energética exacerbada por la lid que ha convertido a Estados Unidos en el mayor exportador de gas natural licuado del mundo gracias al fracking, una industria que, de acuerdo con varios expertos, tiene los días contados. Cabe aquí preguntarse por qué Europa acepta ahora una dependencia notable del combustible norteamericano en vez del ruso, y por qué no se desvinculó del Kremlin tras la anexión de Crimea y apostó por construir conjuntamente el gasoducto Nord Stream 2, ya volatilizado sin que se haya esclarecido la autoría del sabotaje.

Demasiadas piezas en el puzle como para limitar el discurso público al maniqueísmo complaciente; demasiada desinformación, tergiversación, en nombre de unas víctimas instrumentalizadas en pro de la perpetuación del conflicto; demasiados intereses económicos en manos de muy pocas personas cuando al resto se nos invita al silencio. Deshabituar la guerra, interrogarla, es lo mínimo que debería permitírsele a una ciudadanía cuya vida está juego.

Artículo publicado en la marea el 20-02-2023