Es el mal del incontinente no tener filtro y decir lo que se viene a la mente sin límite ni medida. Es el mal del imprudente considerar esto una virtud. Decir lo que se piensa, como se piensa y en el momento en el que se piensa no es señal de sinceridad y naturalidad, sino de irascibilidad y salvajismo. No debiera olvidarse que quien irascible habla al ser llevado por las pasiones no siempre dice la verdad, sino lo que impulsivamente le pasa por la cabeza y que esto dice más de la persona que de la situación en sí misma. Se confunde así peligrosamente ser sincero con ser irrespetuoso, ser natural con ser impulsivo y ser auténtico (sea lo que sea eso) con hacer lo que viene en gana. Bien pensado, es mal de incontinente pensar que es libre de decir lo que quiera, cuando en realidad es siervo de sus pasiones. Y no en vano porque considera que la libertad es el derecho a avasallar a los demás para cumplir su voluntad. El incontinente cree que obra voluntariamente, pero no elije su respuesta porque se deja llevar por una situación a la que no sabe poner freno. Por eso su carácter es siempre reactivo, es decir, actúa en función de un estímulo externo y no en base a un razonamiento mesurado interno como respuesta a una situación dada. Insultar es su forma de defenderse precisamente porque reacciona ante los elementos externos como quien mueve la pierna tras ser golpeado en la rodilla por un martillo de médico. Nadie dirá que la pierna es libre de moverse, salvo el incontinente que se engaña a sí mismo. O como quien, ante una fruta madura y jugosa, saliva como el perro de Pavlov, de quien nadie diría que es libre de segregar saliva. Lo que le haría libre sería saber controlarse pero para ello hace falta sopesar para calibrar la situación. En realidad, literalmente incontinente es quien no tiene dominio o gobierno sobre sí, pero no por costumbre o en una situación puntual, sino porque forma parte de su modo de ser, de ahí que sea indicativo de un tipo de carácter, como diría Aristóteles al hablar de los vicios.

En griego, y perdóneme usted que ya sabe de mis propios vicios, el incontinente es el que no tiene fuerza (se dice akratês donde krátos es dominio y vigor) precisamente porque es incapaz de gobernar sus impulsos y salidas. Es un incendiario que no actúa por desconocimiento o ignorancia, sino por debilidad de carácter: quien se jacta de personalidad combativa y por su empuje y fuerza, es un débil peligroso porque puede prender fuego según siente pero no calibra las consecuencias. Está cegado por sí mismo y por lo que siente. No ve más allá. Y si lo ve, importa más su ego. No hay quien lo pare. Esta forma reactiva ante las situaciones afecta negativamente a nuestra capacidad de comprender una situación, más allá de nosotros mismos y de nuestra posición, y construye un tipo de racionalidad que es ciega ante los que no piensan como nosotros. Aunque el incontinente sabe lo que dice, no sabe evaluar ni lo que dice ni lo que lo rodea. Una vez pasado el momento a veces, en su estrategia, se atrinchera en su propia posición o, avergonzado, decide huir del lugar del delito.

Hay algo peor que ser incontinente: estar orgulloso de serlo, como si esto fuera un mérito. Si Aristóteles entendió que la incontinencia tiene poco de virtud, ¿por qué hoy hay quien la considera motivo de halago? Porque se confunde con la sinceridad y la valentía pues quien habla sin filtro se atreve a hacer lo que los demás no harían. Ahora bien ¿por qué no lo hacen o no lo hacemos? Porque entendemos o intuimos al menos la importancia de preservar los límites del otro, que son los mismos que los de la convivencia.

En tiempos en los que cómo nos sentimos tiene más peso que cómo son las cosas, donde el peso de las pasiones que nos despiertan los demás es más importante que entender las pasiones que guían sus decisiones y donde la ocurrencia divertida se valora más que el argumento más serio y quizá más aburrido, nos encontramos en la peligrosa dinámica del líder carismático por ser incontinente, mal entendido como sincero y auténtico, cuando en realidad es un ciego exaltado. Quien no tiene autogobierno y entiende que la posición que no es la propia es siempre hostil ¿puede tener la capacidad para gobernar? ¿no ha de ser cualidad de quien ostenta cargos públicos sopesar antes de hablar, controlar sus impulsos y actuar de la forma más templada posible? ¿No se trata de saber responder, es decir, de saber dar respuestas y soluciones ante situaciones adversas en lugar de generar mayor conflicto? Pues no se trata de decir lo que a uno le nace a nivel particular, sino de fomentar aquello de lo que pueda nacer el fortalecimiento de una mejor convivencia.

Líderes democráticos y carismáticos ha habido, pero el triunfo de la incontinencia en el ámbito de la política introduce en el interior mismo del sistema un elemento que debiera quedarse fuera de los límites de la comunidad y de la ley común: la región de la salvaje ley del oeste donde prima no sólo la voluntad de uno, sino su deseo. Son encarnaciones de la crispación, de bilis pegada a un cuerpo. El peligro de nuestra época no reside en este fuera de la ley, sino en el emplazamiento en el que esta ley propia se manifiesta y se aplaude. Perder el respeto y no querer controlar lo que se dice porque tiene más importancia lo que se siente es uno de los síntomas más peligrosos de la degradación de la democracia y del empeoramiento de la convivencia. Si es deber de los representantes políticos mediar en los conflictos que se dan en la sociedad civil y saber trasladar el conflicto a un lenguaje de comunicación y entendimiento para darle respuesta, los políticos incontinentes introducen perversamente el movimiento contrario: hacer orbitar el debate en torno a sí mismos y no en torno a los problemas. Hacen realidad las fantasías desmesuradas de sí mismos pensando que coincide con lo que sienten sus votantes para generar un clima que les lleve al gobierno. Esto no es dar respuesta a los problemas de convivencia, sino generar conflictos y echar gasolina.

El político incontinente iracundo quizá sea la figura más peligrosa porque prende fuego a la democracia al tratar al otro no como un igual con el que ha de entenderse pese a las diferencias, sino como alguien a quien atacar. Aquí va otra etimología: insultar, de la familia del latín insultatio, significó en su momento agredir e incluso atacar saltando sobre alguien. La pregunta que debiéramos hacernos es a quién o a qué se agrede cuando se lanzan insultos en un lugar de representación política. Que este sea el carácter impúdico y desenfrenado de hacer política, debería hacernos temblar. Las palabras hacen cosas como dijo el filósofo Austin: con estas palabras y estos modos ¿qué le estamos haciendo a la democracia?

Artículo publicado en lamarea.com el 15-03-2024