La precariedad hace competir al precario con el enfermo. Al pobre con el mísero. El capitalismo es un sistema cruel que nos inculca el veneno de juzgar a personas vulnerables y míseras a la que culpas de tu propia situación. El sistema capitalista hace que vuelques tus frustraciones con aquellas personas con las que te ves obligado a competir por un puesto de trabajo en vez de dirigirlas a quien provoca esa situación de vulnerabilidad y pobreza.

Una experiencia vital de hace años que todavía me atormenta puede servir para explicar cuáles son las dinámicas a las que, sin ser conscientes, nos vemos empujados por el miedo a la incertidumbre a la que aboca la precariedad laboral y la pobreza. Porque la precariedad es pobreza.

Durante un tiempo trabajé como interino de responsable de documentación de TVE en Murcia. Para el momento, año 2009, el sueldo era bastante aceptable, me permitía vivir de alquiler yo solo, en un piso pequeño cerca del centro de la ciudad, con todas las comodidades. Ayudaba el coste de la vida en Murcia, que no tenía nada que ver con el de Madrid, pero vivía por primera vez en mi vida de manera autónoma, con desahogo, en un trabajo que me gustaba, con todos los derechos laborales que se presuponen, y con tiempo para el ocio después del trabajo. Todo lo que la gente que venimos de una familia de clase trabajadora le pedimos a la vida.

El puesto correspondía a una mujer que se había sacado la oposición y que se encontraba de baja por una grave enfermedad. Yo sabía que era algo temporal, estuve trabajando cerca de dos años y, finalmente, la mujer pidió reincorporarse. Yo sabía que la vuelta a Madrid sería dura, no iba a encontrar de manera inmediata un puesto con unas condiciones laborales y un sueldo como el que perdía, así que decidí invertir lo poco que había podido ahorrar en un máster de investigación para el doctorado en un universidad pública.

A la semana me llamó un compañero de Murcia diciendo que la mujer, a la que solo conocía de un día que pasó por la redacción durante esos dos años, había fallecido. Me dijeron que iban a pedir que volviera a trabajar, pero la plaza de interinidad se había cerrado con su vuelta y los recortes en el ente público habían provocado que ya no se abriera otra nueva. La plaza quedó finalmente vacante durante años.

Durante mucho tiempo culpé a esa mujer por haberme dejado sin trabajo. La culpé por haber vuelto, por haberse reincorporado sabiendo que su situación ya no tenía solución, la culpé porque si no se hubiera reincorporado yo podría haber huido de la precariedad durante algún tiempo más. Un tiempo ganado a la pobreza. Porque era pobre sin ese trabajo. Me enteré de su fallecimiento mientras estaba vendiendo unas cosas en el Cash Converter de la calle Delicias para poder tirar un poco. Me sentía mal por culparla, porque no conocía su situación, solo conocía la mía, y el pozo de mierda en el que la precariedad me había metido me hacía competir por un trabajo con alguien a quien solo debería abrazar y consolar.

Durante muchos años me he sentido una mierda por haber sentido ese resentimiento hacia una persona enferma en sus últimos días. Ahora sé, desde una posición más cómoda, que aquellos sentimientos de falta de empatía se debían a la desesperación por saberme otra vez en una posición económica de extrema vulnerabilidad.

El miedo es un factor que desestabiliza cualquier humanidad y aquella mujer volvió a su puesto de trabajo porque quiso, porque existen multitud de factores que una persona que se encuentra en los últimos días de su vida le hacen tomar decisiones que, desde fuera, parecen no tener sentido.

Volvió para sentirse útil, para despedirse de su trabajo que amaba, como un último acto para recuperar una normalidad que la enfermedad le había despojado. Volvió por cualquier motivo que nunca sabremos y que no soy nadie para juzgar. Que jamás hubiera juzgado sin miedo, sin sentirme vulnerable, sin tener miedo a la pobreza, teniendo unas mínimas certezas vitales. Me odié durante mucho tiempo por haberla culpado hasta que comprendí que la precariedad de este sistema nos hace competir con personas a las que deberíamos acompañar, con las que tendríamos que hacer piña, sonreír, enlazarnos los brazos, y gritar a un sistema que nos convierte en adversarios cuando somos compañeros.

Nunca lo sabrás, pero me cambiaste la vida, y siempre te lo agradeceré.

Artículo publicado en lamarea.com el 19-02-2024