Una mujer espera sentada en la terraza de un bar. Un hombre llega, la besa y se sienta frente a ella. Empiezan una tensa conversación. Ella le pide, directamente, que no vuelva a llamarse feminista. Él no entiende nada. ¿Por qué no va a decirse feminista si lo es? “¿A qué hora tiene clase de guitarra tu hija?, ¿cuántas veces has pasado la liendrera?, ¿quién va a pensar la cena?”, pregunta ella. Aunque podría ser una escena real, es la trama de La loca y el feminista, nominado en los Goya a Mejor Corto de Ficción. La historia dura 12 minutos y pico pero el debate va mucho más allá: ¿qué hacemos cuando hombres que se identifican con el feminismo siguen reproduciendo conductas machistas?, ¿es justo equiparar a quienes lo intentan con quienes no?, ¿ganan ellos capital social llamándose feministas mientras las mujeres siguen estigmatizadas?, ¿hasta qué punto son normales o aceptables las incoherencias?

Pilar Gómez es la actriz que encarna a la protagonista de La loca y el feminista y también su guionista. La idea, cuenta, nació de su propia experiencia: “De repente lo doméstico cae como una losa en medio de la relación, de tu día a día, te condiciona profundamente y ves las cosas que necesitas ajustar. Me di cuenta de que no era una conversación privada que tuviera yo con mi pareja sino que se repite constantemente en las relaciones. Las malas caras, el enfado, ellos, nosotras… responde a algo estructural, no que a solo nosotros como pareja no conseguimos organizarnos”.

Gómez habla de la saturación mental con la que conviven las mujeres y la frustración de ser quienes sacamos adelante conversaciones en las que, a menudo, escuchamos del otro justificaciones. “Libérame de la carga de tener que decirte las cosas, haz tú la reflexión, saca tú las conversaciones”, añade.

La actriz cree que hay algo de perverso en identificarse con el feminismo sin comprometerse con un proceso personal constante. “Ninguna teoría me interesa si no se aterriza, si no sirve para mejorar nuestras vidas concretas”, asegura. A su alrededor, amigos que intentan ser feministas y en los que aún ve muchas veces dinámicas desagradables. “A veces estos hombres te plantean cosas que te vuelan la cabeza o entras en conversaciones en las que cuestionan muchísimo cosas que para ti son súper importantes y eso te hace sentir triste y rabiosa”.

El protagonista del corto le subraya a su pareja que ya han hablado otras veces de lo mismo: “No pensaba que fuera tan grave o tan importante”. López critica que detrás de esas frases existe una falta de legitimación de lo que es importante para una. Mientras, prosigue, la identificación con el feminismo en ellos puede servir, incluso, para seducir.

“Es un melón”, resopla Fernando Herranz, doctor en Estudios de Género y parte del Observatorio de las Masculinidades de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Como hombre que “intenta” poner en práctica el feminismo reconoce que la tarea es complicada. “Soy consciente de que he sido socializado en una manera de pensar, actuar y comportarme. Eso no me quita responsabilidad, es solo que sigue habiendo un poso que es patente y sigo teniendo comportamientos machistas. Muchas veces soy consciente y lo intento trabajar y otras veces, hasta que otras compañeras de trabajo, activismo o mi pareja no me las señalan, pues no me doy cuenta”, reconoce. Solo hay un camino, apunta: interpelarse con frecuencia y admitir que un hombre “en deconstrucción” también echará mano del machismo a veces.

Esos comportamientos machistas no siempre son evidentes, sobre todo en los hombres que se identifican con el feminismo. En el caso de Fernando, explica, no tienen que ver con el reparto de tareas y cuidados, sino con tender a colocarse siempre como voz de autoridad, con hablar en espacios y momentos donde quizá no toca o con empeñarse en “llevar razón”. “Mantengo mi posición férrea, no me abro a cambiarla, por ejemplo con mi pareja. Y no es dar la razón por darla, sino asumir que si no tengo razón no pasa nada, o no ponerme siempre a la defensiva”, dice. El proceso de deconstrucción “no es ni fácil ni sencillo ni placentero” e implica “ser consciente de que tienes misoginias implícitas que se tienen que depurar”. Hernández señala que hay hombres que se autoperciben feministas pero cuya posición no va más allá de una etiqueta. “Hacer eso sin poner trabajo personal y político detrás es un problema”, apunta.

Una ofensa

Alicia recuerda una relación con un hombre “con un discurso feminista muy coherente” pero con un comportamiento práctico que la cuestionaba y desvalorizaba con frecuencia: “Era una relación cuando él quería. Si él hacía algo estaba bien, si yo lo proponía ya parecía que yo estaba queriendo algo más o era una pesada. A veces también me decía que yo tenía ‘una carrera menor’ aunque luego otras me admiraba. De repente un día, después del sexo, me dijo: ‘¿tú no te ibas ya a casa?’”. Para Bárbara, su pareja comparte el ideal del feminismo y la igualdad pero luego “ni trabaja igual en casa ni tiene la misma carga mental ni cuando se lo haces saber tiene una actitud receptiva para aprender y mejorar”. Nuria describe lo que sucedió en una relación que tuvo con un hombre: “Como él se identificaba con el feminismo, ya no cabía que yo le pudiera cuestionar comportamientos”. Todos son nombres ficticios, pero experiencias reales.

Eso, la ofensa, también aparece en el corto… y en la vida real. “Desprecio, eso es lo que siento”, le dice el protagonista a la mujer que le interpela. Fernando Herranz reconoce que, cuando le señalan alguna conducta machista, tiende a ponerse a la defensiva: “Es como: ¿cómo me puedes decir esto a mí que estoy todo el rato trabajando en esto”. Alberto, en cambio, un hombre que acude a círculos para hablar de masculinidad, asegura que no le importa: “He aceptado que la puedo liar. Pediré perdón y seguiré intentando ver mis otros comportamientos”.

Para la politóloga Amparo Calabuig, especialista en temas de género e igualdad, es un avance que cada vez más hombres se identifiquen o aspiren a ser feministas, “pero exige una revisión constante”. Incluso en lo más comprometidos Calabuig detecta “situaciones sibilinas y sutiles”. “Esto de que te expliquen cosas cuando tú eres experta, la condescendencia, ese halo de exageradas o de ‘no es para tanto’, incluso aunque no se verbalice como tal, no ceder nunca a la primera, la idea de ‘no bajarse los pantalones’ y empeñarse en llevar razón, tener nosotras que argumentar mucho para ser tenidas en cuenta”, ejemplifica. Calabuig ve positivo ese aumento de la identificación y del acercamiento de muchos hombres a la escucha, la lectura o el aprendizaje feminista, “pero ojo con los falsos aliados”.

Los matices

A Josetxu Riviere, activista y especialista en igualdad y masculinidades, el corto le genera dudas. Por un lado, cree que muestra de manera clara las contradicciones en las que muchas veces caen los hombres identificados con el feminismo, “la distancia entre lo que dices y lo que haces”. “Definirse como tal conlleva un compromiso concreto individual y colectivo para generar relaciones igualitarias tanto personales como estructurales y eso hace que siempre tengamos que estar atentos a cómo seguimos reproduciendo no solo tics casuales, sino comportamientos que siguen manteniendo desigualdades y discriminaciones”, explica. No es solo “encargarse” de tareas concretas, sino aplicar una mirada y prestar atención, también comprometerse con una noción del cuidado que abarque las parejas, los amigos o las organizaciones.

Pero Riviere también opina que La loca y el feminista plantea algunos problemas: “Puede aumentar la sensación de algunos hombres que tienen posiciones favorables a la igualdad de que es muy difícil llegar, de que la exigencia es complicada, y no lo digo tanto por esas prácticas cotidianas concretas que señala el corto sino por esa sensación de que definirse como tal exige un cambio de tal profundidad que está muy lejos de que podamos realizarlo por cómo nos hemos socializado. Creo que eso es negativo”.

Riviere ve necesarios los matices. Por ejemplo, si bien identificarse feminista puede dar prestigio, autoestima y altavoz a los hombres, “eso no se da en todos los contextos”. El debate, defiende, está en qué metodología de trabajo con hombres e igualdad es más útil para conseguir el cambio. “Soy más partidario de un enfoque que tenga en cuenta la diversidad de los hombres en cuanto a posición de poder en la sociedad, clase, color de piel, movilidad, edad… y reflexionar sobre la creación de espacios interesantes y atractivos en los que hombres, mujeres y personas que se identifiquen de otras formas podamos trabajar sobre la idea de una sociedad donde los derechos humanos sean básicos para todas las personas sin discriminaciones basadas en el género, que desaparezcan los mandatos de género y las identidades cerradas”, argumenta.

Artículo publicado en elDiario.es el 09-02-2024