Lukas Avendaño tiene una larga melena que le llega hasta la cintura. Como una capa, le baja por la espalda del torso desnudo que culmina en una larga falda, con volantes y colores a conjunto con su maquillaje y abalorios. Avendaño viste con lo que, en Europa, identificaríamos como ropa femenina. Pero no es trans. Ni de género fluido. Ni no binario. Sin entrar en los debates que dividen actualmente al feminismo, Avendaño es muxe.

Se trata de una identidad zapoteca, en Oaxaca (México), donde hay hombres o mujeres que, a pesar de ser cis -es decir, que se identifican con el género que se relaciona a sus genitales-, tienen roles propios del género opuesto. Por eso, Avendaño viste faldas, melena y se maquilla, aunque no se sienta mujer. Su manera de hacer coincide con la de las personas no binarias. De hecho, el adjetivo ‘muxe’ no tiene género. Él no es ‘un muxe’, sino simplemente ‘muxe’.

Pero hay una pequeña diferencia. Avendaño se identifica como hombre, pero no porque sea una categoría en la que se sienta especialmente cómodo, sino precisamente porque no le da importancia al género. La manera de entender la identidad de los muxes es parecida a la de los Hijras en India o los Epupillán en Chile. Todos ellos pertenecen a lo que se conoce como ‘tercer género’.

Pero esta categoría “se ha malinterpretado”, tal como lamenta Avendaño. No se trata de un cóctel de características femeninas y masculinas, sino de “algo genuino, de una identidad distinta”, reivindica. ¿Qué diferencia hay, entonces, entre un muxe y una persona trans?, nos podríamos cuestionar. Si nosotros nos hacemos esa pregunta y Avendaño no, es por culpa de Cristóbal Colón.

Estos pueblos originarios de la Mesoamérica precolombina eran llamados ‘Bardache’ o ‘dos espíritus’ y se caracterizaban por que no vinculaban lo que hoy identificamos como roles de género al sexo biológico. En otras palabras, la delicadeza no era cosa de mujeres ni la fuerza de hombres. Sí se reconocían los sexos, pero no se suponía que una persona con pene debiera tener comportamientos o roles distintos a los de una persona con vagina. Simplificándolo todavía más, no existía el binarismo de género.

Quien introduce las ideas contrapuestas de hombre y mujer son todos los hombres [estos sí] de Dios y de armas tomar que desembarcaron en América primero y luego en África, Asia y Oceanía para colonizar territorios a los que creían tener derecho por decreto divino. “La dictadura de género tiene fecha de nacimiento en América porque hay un documento rector que dice que el hombre y la mujer fueron hechos a imagen y semejanza de Dios”, resume Avendaño.

Además de muxe es artista y presentó en L’ Hospitalet, junto a otros tres artistas, la performance ‘Bigibiridela’ en el festival Berdache. Se trata de una obra que pretende retroceder hasta 1521 e imaginar cómo sería la concepción de género en el mundo actual si Colón no hubiera llegado a América.

Del desconocimiento a la negación

En catalán existe un dicho, ‘el nom no fa la cosa’ (el nombre no hace la cosa), que viene a decir lo mismo que Julieta cuando le aseguraba a Romeo que “lo que llamamos rosa olería tan dulcemente con cualquier otro nombre”. Pero, sin querer quitar mérito a Shakespeare, en este caso puede que pensadores como Heidegger estuvieran más acertados. En su tratado ‘Ser y Tiempo‘ defendía que el lenguaje es la herramienta necesaria para posibilitar la “presencia de los entes en el mundo”. En otras palabras: lo que no se nombra no existe. Y, por ende, llamarlo de otra manera cambia, de alguna forma, su realidad.

Eso fue lo que sucedió tras el paso de Colón por América, que antes de su llegada se conocía como Abya Yala, y con buena parte de sus pueblos e identidades. El sociólogo Aníbal Quijano (Perú, 1928) sostenía que la colonialidad es “uno de los ejes del sistema de poder y, como tal, permea todo control del acceso sexual, la autoridad colectiva, el trabajo y la producción del conocimiento”.

Y volvemos a Heidegger: lo que no se nombra no existe. Y lo que no se conoce, además de despreciarse (como dijo Machado), tampoco se nombra. Los colonos sintieron “vértigo debido a la falta de conocimiento de las construcciones de género en otras culturas y del desconocimiento de la propia historia del cuerpo en occidente”, tal como apunta la investigadora Siobhan Guerrero (México, 1981).

Occidente, añade, suele narrarse desde la “hegemonía cultural” y, por tanto, exportó como verdad y única realidad posible la familia nuclear, el patriarcado y el binarismo de género. Una de las personas que más ha reflexionado sobre este aspecto es la filósofa María Lugones (Argentina, 1944) que advierte de la relación entre la represión de la diversidad de género, la idiosincrasia y los modelos organizativos y el impulso del “capitalismo global y eurocentrado”.

La socióloga nigeriana Oyèrónké Oyèwùmi (Nigeria, 1957) sostiene, además, que establecer “dos categorías sociales [hombre y mujer] que se oponen de forma binaria y jerárquica” descalificó a quien no fuera un hombre para los roles de liderazgo. Eso, entendido desde la lógica patriarcal europea en la que todavía hoy sudamos tinta para llegar a la paridad, no es nuevo. Pero muchas sociedades originarias eran matriarcales.

Y, todavía más: muchos roles de poder eran ostentados por personas Berdache (del tercer género) debido al alto concepto que se tenía de ellas. Pero no entraban dentro de las categorías binarias. Y como no se concebía ninguna identidad fuera de esas dos opciones, dejaron, de alguna manera, de existir. Y, obviamente, también dejaron de poder ostentar el poder.

Con todo, Lugones sostiene que la imposición del binarismo en las sociedades precolombinas fue parte de la estrategia de asimilación para incorporar los territorios y bienes americanos a la rueda del capitalismo europeo. Subordinando sus sistemas familiares e identitarios, conseguían gobiernos alineados con los intereses de los colonos. Eliminando formas organizativas como las propiedades comunales, conseguían privatizar tierras y frutos. Suprimiendo deidades y creencias, obtenían sumisión a un sistema de valores basado en el miedo. Y erradicando lenguas, imposibilitaban la organización y la crítica.

Estrategias para sobrevivir

No todos los pueblos sucumbieron a esa asimilación. Algunos, como los zapotecos, sobrevivieron en su singularidad. Pero no fue por valentía, sino gracias a colaborar con los colonos. “Cuando el señorío de Oaxaca sabe que la avanzada de Hernán Cortés ha salido de la Gran Tenochtitlán, entiende que no podrá enfrentar a los peninsulares. Así que fue a recibirlos”, explica Lukas Avendaño.

Este artista ha investigado sobre la historia de su pueblo, que se bautizó en el catolicismo para conservar algunos privilegios. Así, Cocijopij, el gobernante de la región, se cambió los ropajes y el nombre a Don Juan Cortés, a cambio de mantener algunas figuras de su cultura como los muxe.

“Como los colonos no nos masacraron, llegaron a conocernos y nos integraron”, resume Avendaño. El problema fue que, pasados los años, Colón ya no era el único enemigo de aquellos que estaban fuera de la norma. Los mismos habitantes de lo que antes había sido Abya Yala empezaron a asimilar esas estrategias de represión de lo diferente, convirtiéndose en colaboradores necesarios para que “la rueda del capitalismo siguiera rodando”, tal como expone Oyèwùmi.

Según esta investigadora, muchos hombres (cis y heterosexuales) acabaron por adoptar las normas de sus conquistadores y se hicieron sus cómplices para expandir una sociedad en que las mujeres y cualquiera que tuviera identidades sexuales diversas fuera reprimido. Esa estrategia les otorgaba cierto poder y les hacía recuperar algunos privilegios en un mundo que había colocado a cualquier persona que no fuera blanca al final de la pirámide.

Cuando el colonialismo llegó a su fin y los países empezaron a independizarse, la figura de Colón ya no era necesaria, pues su espíritu seguía presente. “Los mismos que fueron colonizados empezaron a imponer las ideas que ayer les impusieron a ellos. Ahora era en pro del progreso económico o la modernización, pero el objetivo era el mismo: erradicar a quienes estábamos fuera de la norma”, dice Avendaño.

Su obra, ‘Bigibiridela’, pretende retroceder en el tiempo y hacer un ejercicio de imaginación; pensar qué hubiera pasado si aquellas carabelas jamás hubieran asomado en el horizonte del océano Atlántico a finales del siglo XV. Y cómo serían los límites de nuestra capacidad de conocer y aceptar lo desconocido si jamás se hubiera impuesto una norma a través de un ‘descubrimiento’.

“Quizás seríamos capaces de contemplar la posibilidad de que existan cosas que no entendemos. Nos quieren hacer creer que la diversidad de género es nueva. Pero estaba aquí antes que ustedes, los europeos. Como tantas otras cosas. Nosotros existíamos, igual que existía América antes de que la descubrieran”, sentencia Avendaño.

Artículo publicado en elDiario.es el 22-10-2023