Esta no es una columna de análisis político sobre los resultados electorales de México, eso ya lo hice antes y lo haré mañana mismo, pero hoy, 3 de junio del 2024 me quiero dar el espacio para ser feliz, para estar contenta, para alegrarme, para vivir todas y cada una de las contradicciones que habitan en mí, una mujer mexicana, migrante, que empezó a militar a los 13 años porque no podía imaginarme otra forma de habitar el mundo y un poco buscando mi propio lugar en ese mundo que por momentos me parecía, y me sigue pareciendo tremendamente ajeno para nosotras: mujeres, lesbianas, disidentes del género.

Hoy se ha hecho historia en mi país, ha salido electa una mujer presidenta, y sé muy bien que eso no es garantía de nada, si no, como siempre digo, Ursula von der Leyen no estaría destrozando el mundo. Y no soy la única que no se ha cansado de decirlo: que una mujer gane las elecciones no significa nada si no tiene un programa político feminista, si no gobierna con el feminismo por bandera, sino tiene claro que siempre y antes que nada hay que poner la vida en el centro. Y no, Claudia Sheinbaum se llama a sí misma feminista, pero su feminismo esta lejos de lo que nosotras deseamos. Pero ojo: se nombra feminista.

Se nombra feminista en un país en el que se asesina a 11 mujeres diarias. Dentro de esta contradicción que me punza la tripa reconozco que efectivamente me gusta que se nombre feminista.
Muchas dentro de nuestro pecho, así como muy tímidamente y muy en el fondo; así como sin querer reconocerlo o con vergüenza con nosotras mismas, nos alegramos de que, inclusive con su feminismo de boca chiquita, llegue a la presidencia. ¿Qué siginifica que una mujer sea presidenta en un país que desprecia a las mujeres?
Me lo pregunto una y otra vez, e incluso confieso que tengo miedo de que el narco se la cargue. Que eliminar a una mujer, por muy presidenta que sea, resulte más sencillo que matar a un hombre, porque a las mujeres nos matan solo por el hecho de ser mujeres.

Sí, dentro de mi estoy contenta, aunque se que hay algo torcido, aunque sé que su programa no es socialista, nada más lejos de eso, sé que el extractivismo no va a parar y sé que es contradictorio, pero me emociona que llegue a la presidencia una mujer con tradición de izquierdas y de militancia de base. Me emociona verla en los vídeos del movimiento estudiantil, cuando era jóven. Me emociona que sea hija de profesores involucrados en el 68, nieta de un comunista. Me emociona esa foto publicada en Proceso en la que está protestando en la Universidad de Berkeley contra el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari por el TLCAN. Quizás en otro momento y en otro lugar y si la vida nos hubiera llevado por otros derroteros, yo habría nombrado a Claudia compañera en una asamblea.
La futura presidenta de México nació en la misma ciudad en que nací yo, una ciudad caótica, dura, cruel, que te rompe el cuerpo a cada paso; pero también hermosa, conmovedora y que se te mete en la piel con solo poner un pie en sus calles. Quienes nacimos ahí, en la Gran Tenochtitlan llevamos un marca de fuego a donde quiera que vamos, la marca de esas calles, de esos ruidos, hasta de la contaminación que nos tiene los pulmones de fábrica ya medio jodidos.
Claudia Sheinbaum fue gobernadora de esa ciudad brutalmente amada y lo hizo bien y lo hizo mal, y nos debe explicaciones sobre los feminicidios y nos debe responsabilidades por el accidente en la línea 12 del metro, y nos debe muchas cosas. Nos debe tantas cosas que no le alcanzarán 6 años para pagarlas, pero que no dejaremos de exigir. Tambien por eso me alegra que esté ahí, para tenerla de frente y pedir responsabilidades un día tras otro.

Sé que estas contradicciones son inherentes a la democracia representativa. Sé que así está hecha la maquinaria. Sé que mucho ha pasado ya desde que, hace más de 20 años decidiera que no quería votar. Nunca he ejercido el derecho a voto en mi país, pero en aquél 2006 en que hubo fraude electoral contra Andrés Manuel López Obrador salí a las calles con mi madre gritando: ¡voto x voto, casilla x casilla!, sabiendo ella y yo que ese mismo año apoyé cada uno de los actos de la Otra Campaña del EZLN, una campaña que buscaba tejer las luchas sociales y que siempre nos dijo: votes o no votes, ¡organízate! Estuve ese agosto del 2006 en el plantón de Paseo de la Reforma, así como mi madre estuvo en las protestas de 1988 cuando también se cometió fraude electoral contra Cuahutemoc Cárdenas. Mi madre sigue ahí, ayer como hoy, con los mismos y en el mismo sitio.

Estoy contenta por ella, por mi madre. Porque es la mujer más leal para con su propia militancia que he conocido, aunque a veces me revuelva de rabia que llegue a ser acrítica. Tiene la disciplina de partido por bandera y si su Presidente hace, no se le discute, (aunque a veces muy tímidamente y con la voz muy bajita me diga: sí Tatiana ahí tienes razón, AMLO se ha equivocado). Mi mamá es una militante de otra época, tiene más de setenta años pero ahí sigue, pequeña y eterna cargando una bandera más grande que ella misma en la que se puede leer Claudia Presidenta. Su coche sigue teniendo la calcomanía de aquella campaña que versaba, es un honor estar con Obrador. Mi madre es una mujer digna, inmensamente digna. Este triunfo es suyo y se merece que yo, su hija, se lo celebre.
Podría seguir escribiendo sobre todas estas contradicciones que me revuelven el cuerpo y las entrañas esta mañana del 3 de junio, pero se acerca la hora de ir a dormir. Eso sí, antes quiero decirles: no te juzgues, si te alegra el triunfo de Claudia aun estando rabiosa con ella, no te juzgues. Si tienes miedo de que nos deje tiradas pero al mismo tiempo la esperanza de que ponga la vida de las mujeres en el centro, no te juzgues. Si te duele México, si en la boleta electoral pusiste el nombre de unx desparecidx y aún así esperas muy fuerte que Claudia no dé la espalda a las madres buscadoras, no te juzgues.

Y compañeras, por favor, no me suelten. Con todo y mis contradicciones no me suelten. No me juzguen, porque soy la misma con la que construyen cotidiano, vida, militancia, proyectos de futuro, de país. Soy la misma que sueña con ustedes que otro mundo es posible. La misma que saldría a las calles por todas y cada una de ustedes, que pondría el cuerpo, hasta morir si es preciso.

Compañeras:
No la soltemos a ella, enseñémosle cómo lo hacemos nosotras, cómo nos cuidamos, nos sostenemos, cómo luchamos por nuestra vida y por la de las nuestras. No le demos ni un minuto de tregua al exigir que sobre todo ella, ella más que nadie no nos suelte; a nosotras, a las madres, a las hermanas, a las hijas, a todas las que salimos a la calle con miedo, que estamos en nuestras casas con miedo; porque nos merecemos ya vivir en paz.

Hoy me dejo habitar por todas mis contradicciones y me voy con lágrimas en los ojos, por fin, después de una jornada electoral eterna, a la cama.

Yo sí estoy contenta con los resultados electorales de México.

Si has citado a las mujeres ilustres de México al iniciar tu discurso después del triunfo, así como a todas las mexicanas anónimas forjadoras de la patria, no te olvides Claudia de todas esas que día tras día hacen país, hacen y luchan por un México mejor.

Estaré mirando, Claudia, no lo dudes ni un minuto.

Artículo publicado en Viento Sur el 05-05-2024