En junio de 2018 Idoia Miranda Navarro le hizo una fiesta de despedida a su pecho izquierdo. La situación y tamaño del cáncer de mama que acababan de diagnosticarle le obligaba a pasar por una mastectomía radical y ella quiso decirle adiós a la parte de su cuerpo que se iría para que ella pudiera seguir viva. Invitó a sus amigos más cercanos, le escribió a su teta una carta de agradecimiento y les hizo a sus dos pechos un molde de escayola que tiene en casa siempre a la vista. Dos días después del ritual entró al quirófano y salió de allí con una cicatriz y una decisión tomada: la de no reconstruirse.

No es algo poco frecuente. Aunque cáncer de mama y reconstrucción parezcan dos realidades que van de la mano e incluso que vendrían a ser el paso lógico en el proceso, la inmensa mayoría de las pacientes que atraviesan la enfermedad no lo hacen. Los últimos datos de la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética (SECPRE) son de 2016 y están desactualizados pero dan una idea: solo entre 4.800 y 6.400 mujeres de 16.000 mastectomías anuales fueron operadas para la reconstrucción mamaria. Eso para un cálculo de unos 25.000 casos detectados entonces, una incidencia que ha escalado significativamente hasta los 35.000 diagnósticos estimados en 2023.

A partir de ahí, hay un universo de posibilidades. Como cualquier realidad personal, la del cáncer de mama también es diversa. Hay quienes han decidido pasar por la reconstrucción y después sienten que no volverían a hacerlo; quienes están encantadas con su nuevo pecho; quienes optaron por no hacerlo y con el paso del tiempo pensaron que sí; quienes encajan en el sujetador una prótesis externa para cubrir el hueco del pecho al salir de casa; quienes las usan en la calle, pero no en la playa o quienes, orgullosas de su cuerpo asimétrico, se denominan a sí mismas mujeres uniteta.

Como Idoia, que pronto empezó a visibilizarse como mujer con un pecho en Instagram y se convirtió en un faro para muchas otras que vinieron después en medio del silencio que rodea a los cuerpos que la sociedad no se espera. “El canon es claro y al final a nivel social lo tenemos muy inculcado. La gente no está acostumbrada a ver a una mujer sin teta, yo no había visto nunca por la calle a alguien así. Es algo que no está normalizado y por eso también me tomé tan en serio la idea de mostrar muchas fotos de mi cuerpo, porque a mí me costó mucho en su momento encontrar a mujeres reales así”, explica a sus 41 años.

Han pasado cinco desde que Idoia, que vive en Barcelona, comenzara a ser otra. Mastectomía, quimioterapia, radioterapia y una linfedenectomía para extirpar la cadena de ganglios linfáticos de la axila fueron los pasos del proceso para intentar parar al cáncer. “Yo me sentía una persona que estaba enferma y me quería curar”, explica. Por eso, lo demás fue para ella secundario. “Incluso en estas situaciones a las mujeres se nos exigen unos estándares estéticos muy concretos y entiendo que para muchas compañeras pesa mucho porque es algo traumático, pero a un tío al que le detectan un cáncer y se le cae el pelo nadie le propone un taller de pañuelos. El pecho lo relativicé mucho desde el principio. Tengo más complejo de barriga o arrugas que de falta de teta”, exclama.

Reconstruir la feminidad perdida

Por la mente de Lucía Vioque pasaban muchas cosas antes de someterse a la cirugía que extirpó su pecho izquierdo. Tenía 28 años y hacía un año que se había descubierto un bulto en la ducha. Fue al ginecólogo, pero su juventud le hizo descartar que pudiera tratarse de un tumor maligno. Lucía, que vive en Córdoba, siguió con su vida normal, pero el bulto empezó a crecer y a dolerle. El diagnóstico fue entonces el de un cáncer de mama avanzado que había infectado ya los ganglios de la axila. Un día como hoy, 19 de octubre, Día contra el Cáncer de Mama, de hace justo dos años empezó la quimioterapia para intentar reducirlo al máximo y después pasar por quirófano.

“Me hacían mucho más daño los pensamientos de cómo iba a quedar mi cuerpo que lo que luego fue. Pensaba en quién me iba a aceptar sin un pecho y les preguntaba a mis padres si creían que le iba a gustar a alguien así. Pero el día que me quitaron las vendas lo que sentí fue alivio. Me dije a mí misma ‘guau, Lucía, ya está’. En ese momento empecé a amar mi cuerpo más que nunca. De hecho, lo respeto y lo adoro porque gracias a él estoy aquí. Consideré la reconstrucción, me informé y hablé con otras chicas. Yo respeto muchísimo a las que deciden reconstruirse porque todas las decisiones son válidas, pero teniendo en cuenta que normalmente se requieren varias cirugías, es un proceso tedioso y con lo que ya había pasado mi cuerpo le dije al cirujano que no”, sostiene la joven.

Habitualmente escondidas y apenas representadas, las mujeres uniteta reivindican cada vez mayor visibilidad y con sus propios cuerpos están ampliando los márgenes de lo posible en una sociedad que sigue sometiendo el físico femenino a un constante escrutinio. Tal ha sido la invisibilidad que solo hace tres años que pueden encontrar sujetadores de una sola copa en el mercado, aunque sigue siendo algo muy poco generalizado. Fue gracias a un mensaje de Idoia a la asociación Teta&Teta, tras la que está María Rufilanchas, que puso en marcha una campaña para retar a las grandes marcas a que produjeran sus propias versiones.

“Nuestros cuerpos son sometidos constantemente a la mirada ajena y son problematizados: por viejas, por tener canas, arrugas, estar demasiado gordas o demasiado delgadas… Los estereotipos son potentísimos y cuando estás enferma también, parece que tienes que reconstruir la feminidad normativa que vas perdiendo por el camino. Ya sea con los pechos, las cejas, las pelucas… Respeto muchísimo estas opciones de otras mujeres, pero es importante insistir en que lo que tiene que cambiar es la mirada social”, narra Olatz Mercader Etxabe, que fue diagnosticada de cáncer de mama hace tres años, en plena pandemia.

Un proceso que no es lineal

Hoy Olatz, que tiene 47 años y vive en Zarautz (Gipuzkoa), es una mujer en paz con su “cuerpo uniteto”, pero es consciente del camino que ha transitado para llegar hasta aquí: “Conlleva un proceso, porque al principio tú misma te ves rara, tienes asimetría y la ropa queda distinta. La primera vez que te ves con una cicatriz en el espejo tragas saliva. Es complicado porque sé lo duras que son las miradas o la extrañeza de los demás, pero la aceptación va llegando y vas conquistando ese territorio milímetro a milímetro… hasta ahora, que me pongo lo que quiero sin pensar que tengo solo una teta. Se puede vivir tranquila, feliz y cómoda con una sola teta”.

De anécdotas Olatz sabe un rato. Muchas llegan a sus oídos a través de la asociación vasca Iñurri, que busca ofrecer un espacio en el que acompañar y hablar del cáncer a las pacientes y sus entornos sin tabúes y de la que ella es parte del grupo motor. Le viene a la mente una que vivió en el vestuario de la piscina, donde había una mujer y su hija pequeña que se le quedó mirando fijamente al verle la cicatriz. Olatz escuchó cómo la madre le pidió a la niña que no mirara “hasta que afronté la situación”. “Sé que los niños hablan desde la pura curiosidad así que me abrí a que me preguntara y se dio una conversación. Después la madre me pidió perdón porque se dio cuenta de que al decirle que no mirara y no querer explicarle nada estaba construyendo una imagen de mí de monstruito”.

Olatz decidió no reconstruirse a pesar de que sintió que la ginecóloga “me vendía como si fuera un chollo” el poder hacerlo en la misma operación que la extirpación del pecho. Eso tras un diagnóstico que en principio era un cáncer en estadio inicial y pasó después a uno más avanzado que requería mastectomía. Tras la operación, Olatz sintió que su cuerpo “necesitaba respirar y requería facilidades para vivir”, así que decidió no reconstruirse. La prótesis que tenía en casa tampoco le convenció: “Cada paso que daba me parecía algo ajeno a mí golpeándome la cicatriz”, afirma.

El trayecto vital, sin embargo, no es igual para todas. Lucía, de hecho, ya no es una mujer uniteta porque acaban de hacerle una mastectomía en el otro pecho como recomendación médica para prevenir una recaída. Cinco días antes de entrar en quirófano estaba posando para una campaña de Mango sobre sujetadores postmastectomía. Desprenderse de su otra teta en esta ocasión, dice, fue más duro que la primera vez. “Me daba mucha rabia tener que volver a vivir todo el proceso, me enfadé un poco con el mundo y me preguntaba ‘¿Por qué no puedo tener una vida de chica de 30 años normal? He tenido que hacer un duelo para despedirme de mis pechos y evidentemente no es lineal, hay días que los echo de menos’”.

La joven tiene claro que para aceptar su nueva imagen han sido claves la terapia psicológica y su entorno más cercano, familia y amigas. Es algo en lo que coinciden todas. Olatz tiene grabada la conversación que tuvo con sus dos hijas, que entonces tenían once y ocho años, al volver a casa tras la cirugía: “Nada más llegar querían ver la cicatriz. La mayor, que es muy filósofa, me dijo ‘ama, con una teta, dos tetas o cero tetas, tú eres tú, eso que no se te olvide’; la pequeña me dijo que tenía una cicatriz muy salada, que parecía como si la teta estuviera guiñando un ojo y exclamó ‘eres un teticornio’”.

Darlo por hecho en consulta

En el entorno médico las experiencias son diversas, pero no es poco frecuente el relato de quienes han sentido cómo la reconstrucción se daba prácticamente por hecha en consulta. El “pero no te preocupes porque la Seguridad Social cubre la reconstrucción” es una coletilla médica habitual tras el diagnóstico que suelen relatar las pacientes, pero en ocasiones es más explícito. Le ocurrió a Idoia: “A mí el cirujano me dejó piel extra en la cicatriz para la reconstrucción porque le parecía que me iba a arrepentir. ‘Ya me lo dirás dentro de tres años’, me llegó a decir. Después en consulta era frecuente que me dijeran ‘Bueno ¿y aquí no vamos a hacer nada?’”.

Mar Vernet, presidenta de la Asociación Española y Portuguesa de Cirujanos de la Mama (AEPCIMA), asiente cuando se le pregunta por la presión que narran algunas mujeres. Piensa que proviene de una visión “bienintencionada” por parte de cirujanos o ginecólogos, pero “errónea”, matiza: “Probablemente corresponde a la mentalidad paternalista del médico, convencido de que él sabe mejor que la paciente lo que le conviene”, explica la también coordinadora de la Unidad de Patología Mamaria del Hospital del Mar (Barcelona), que llama a “promover otro tipo de medicina” personalizada y basada “en lo que de verdad le importa a cada paciente”.

A la importancia de generar las mejores condiciones para la decisión apuntan María Ruesga y Ana Monroy, psicólogas de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC): “Es innegable que estas decisiones tienen un impacto en la autopercepción y en la imagen y es posible que estén influidas por ello, pero por eso es necesario que se tengan en consideración todas las opciones como válidas y posibles y que las mujeres tengan conciencia de que pueden escoger. No situando unas decisiones por encima de otras, sino validando la que elija cada una”.

Cada vez más visibles

“Al año hay miles de mujeres que dejan de tener una teta, pero ¿dónde están? Yo no las había visto”, sostiene Olatz. Y es que, como con casi todo, el camino es más liviano con visibilidad y referentes, que son cada vez más: en las últimas Fallas, una de las figuras expuestas era la de una mujer con la cicatriz visible, una idea de Cristina Gómez, que fue sometida a una mastectomía; mientras que el año pasado a las puertas del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) de Madrid se inauguró la escultura de mármol Intra-Venus, de la artista Marina Vargas, paciente de cáncer de mama.

La obra representa a una mujer desnuda en tamaño real, calva y a la que se le ha practicado una mastectomía. “Viví el diagnóstico y los tratamientos en el confinamiento y sin ningún tipo de referencia. Nunca había visto lo que era quitarse un pecho. Me di cuenta de que esta vez la que había roto el canon patriarcal de cómo debe ser una mujer era yo misma y me pareció importante visibilizarlo y, con ello, cuestionarnos qué consideramos femenino, la construcción social que hay detrás y por qué incluso en una situación así estas cargas se multiplican y todo está pensado para que no se note el cambio”, explica la artista.

Cuando durante el proceso oncológico Lucía pensaba en si reconstruirse o no, buscó y buscó, pero encontró a muy pocas mujeres que no lo hubieran hecho. Hoy, ella y el resto de unitetas visibles intentan contribuir a que las vidas del resto, de las que vendrán, puedan ser también posibles: “Parece como si una mujer que no tiene dos pechos no está terminada del todo, pero eso no es verdad. Tener solo un pecho, ninguno o dos no nos hace ni más ni menos válidas. Yo cuando me miro al espejo, el reflejo que veo de mí me gusta aunque tengo cicatrices y un cuerpo atípico. Me veo y me digo ‘ole tú, aquí estás’”.

Artículo publicado en elDiario.es el 18-10-2023