Terminé de escribir Bailaréis sobre mi tumba el 11 de septiembre de 2022. Tecleé la última palabra de la novela —Dios—, cerré el ordenador, cogí el teléfono móvil y, justo antes de llamar a mi agente y a mis editores para darles la buena nueva, entré en la red social anteriormente conocida como Twitter. Fue entonces cuando me enteré de que Javier Marías había muerto. Soy consciente, por supuesto, de que las cosas suceden y punto, y de que somos nosotros, en un afán casi enfermizo de contarnos y así tratar de encontrar algo de sentido en alguna parte, quienes ordenamos y engarzamos los acontecimientos para que se parezcan un poco más a la ficción del mundo que creemos habitar. Pero conocer los vicios propios no siempre es suficiente para evitar caer en ellos, y yo, embargada por la excitación de haber terminado un texto que había secuestrado los anteriores cinco años de mi vida, en aquel momento pensé que la prematura muerte de Marías, a quien con tanta fruición había leído y tratado de emular, era cuanto menos paradójica: cómo no tomarme la partida del maestro de la recurrencia literaria —de las vidas ficticias de ida y vuelta, de las historias sin comienzo ni final— como un hecho simbólico cuando yo misma, unos minutos antes, había sido incapaz de escribir la palabra «FIN» tras el último punto de una novela que —a la fuerza ahorcan— nada en las aguas negras del eterno retorno.

Mi intención cuando empecé a escribir este libro era tratar de ser justa con los recuerdos de las cuatro generaciones de gallegos a quienes nos tocó vivir de cerca el naufragio del Prestige, ese buque griego con bandera de las Bahamas que, al partirse por la mitad, impregnó de mierda el comienzo de un siglo que para el resto de España parecía llegar cargado de esperanza y buenas intenciones. Sin embargo, no me hizo falta escarbar mucho en la memoria colectiva para entender que mi planteamiento inicial era un error. Hablé con algunos de los voluntarios que limpiaron las playas, con varios marineros y pescadores que vieron amenazado su modo de vida, con ecologistas que llevaban años denunciando las prácticas abusivas en las aguas gallegas y hasta con algunos de los periodistas que estuvieron a pie de lonja contándolo todo, y pese a que cada uno de ellos me regaló una pequeña parte del puzle poliédrico en el que se convertiría la novela, todos coincidieron en un punto muy concreto: no tenía sentido contar el Prestige como un episodio aislado de la historia reciente de Galicia, sino como el último de los eslabones de una siniestra cadena interminable —fruto de la conjunción entre un perfil litoral demasiado escarpado, unos vientos del noreste aterradores, unas corrientes marinas poco favorables para los navíos y, sobre todo, una legislación ambiental muy deficitaria, por no decir inexistente— que desde 1970 hasta 2002 había concatenado seis catástrofes marinas, cinco de ellas relacionadas con vertidos de barcos petroleros.

La otra idea que sobrevoló todos los testimonios que pude recabar también es apabullante, tanto por su unanimidad como por su contundencia: o do Prestige é o último desastre nas costas galegas, pero non é o derradeiro. En gallego distinguimos entre «último» y «derradeiro»: mientras que o último tiene un carácter todavía provisional, o derradeiro es definitivo e inmutable. Derradeira fue la lesión de Manuel Pablo en el Dépor-Celta de 2001, derradeiro fue el exilio de Castelao y derradeiro es, por fuerza, el viaje de la muerte. Lo del Prestige, aunque a priori —por singularidad y gravedad— debería encajar en la categoría de lo único y definitivo, es un trágico intruso en la lista de los vulgares y apacibles fenómenos cíclicos: la última matanza do porco, la última cosecha de albariño, la última marea negra.

En 1970, el Polycommander vertió alrededor de 15.000 toneladas de crudo en los alrededores de las Illas Cíes, que diez años después serían declaradas parque natural. En 1976, cuando apenas había pasado medio año desde la muerte del dictador Franco, el Urquiola embarrancó en A Coruña y liberó siete veces más fuel que su antecesor. La Constitución tampoco vino sola, y tres semanas después del referéndum, en la Nochevieja de 1978, el Andros Patria tiñó de luto todo el litoral norte de Galicia. En el muelle de Fisterra todavía hoy descansa un ancla del Cason, varado allí en 1987, que recuerda el incendio provocado por los 5.000 bidones de productos químicos que cargaba. La Torre de Hércules fue testigo, en 1993, de la explosión que siguió al naufragio del Mar Egeo. Y, aunque ya sepamos todos lo que pasó en 2002, quien vuelva la vista hacia el «Nunca máis» del Prestige después de esta retahíla agónica y sin fin lo hará con otros ojos. Desde luego, eso fue lo que me pasó a mí. Lo que ahora vuelve a pasarme.

Los pellets plásticos que estos días cubren el mar y las playas de las Rías Baixas de una contaminación sólo inofensiva en apariencia son la última manifestación de que Sísifo debe de estar cumpliendo su condena en Galicia: el mito del eterno retorno, una vez más, se materializa en la resignación que por estos lares casi siempre sucede a la desgracia. A nadie por aquí le sorprenden ya las imágenes, mil veces vistas, de la gente corriente recogiendo residuos en las playas, por mucho que los herederos de los de la pala y el cubo hoy vayan armados con un colador de cocina. Tampoco nos resulta ajena la desidia institucional que, desde todas las escalas de la administración estatal y autonómica, intenta ocultar los hechos y escurrir el bulto, aunque el precio a pagar sea mucho más alto que un triste resultado electoral. En Galicia pasan esta película de manera recurrente, convenientemente doblada para que nadie se la pierda, en todas las parroquias, en todas las cofradías, en todas las aldeas: cuando el tren llega tarde, mal y a rastras; cuando los bidones radiactivos, con su fecha de caducidad sobrepasada con creces, siguen abandonados en la Fosa Atlántica; cuando se nos habla, como si fuéramos niños —como si los niños, de hecho, fuesen tontos— de hilitos de plastilina y de copitos de nieve.

Uno de los dichos más populares del refranero gallego tiene que ver, precisamente, con la sumisión ante un destino preconcebido por la mano siempre negra de los seres humanos más poderosos que uno mismo: mexan por nós e temos que dicir que chove. Pero lo cierto es que, por mucho que algunos intenten aprovecharse de esta especie de aceptación de las cosas tal y como vienen que a veces parece inveterada en nuestra piel, hace muchos años que el pueblo gallego no se calla. El eterno retorno es mito cuando es impuesto, pero se vuelve ritual cuando se le responde a golpe de voluntad y ruido. Lo hicieron los tripulantes del Xurelo, frente a un barco holandés cargado de residuos nucleares que no nos pertenecían; y los miles de ciudadanos que salieron a la calle, en el puerto de Vigo, para recibir y homenajear al Sirius de Greenpeace, al Pleamar y al Arosa I; y todos los voluntarios que, aunque se organizaron para hacer desaparecer los restos del naufragio del Prestige, pintaron de negro mil banderas para no barrer también los escombros de su memoria. Y lo seguiremos haciendo, abofé que sicon el capacho y el colador, con la pala o con las teclas. Y ojalá también con las poderosas herramientas que podría darnos la política si estuviera a lo que hay que estar. Esto sí que es un eterno retorno y no las novelas de Marías: porque foron somos, porque somos serán.

Artículo publicado en LaMarea el 12-01-2024