Más allá de los muros que encierran el cementerio de Paterna, se extiende un fragmento de tierra boscosa, donde resiste al tiempo a duras penas un murete de piedra semiderruido. Pareciera este un lugar abandonado e inocente, pero en él permanecen intactas las huellas de un crimen colectivo. Sus piedras aún guardan los agujeros que horadaron las balas asesinas a su paso. Cuesta creer que por uno de esos breves huecos cupiera una vida. Y, sin embargo, fueron miles. Más de 2.238 seres humanos fueron ajusticiados frente a un muro junto al cementerio de Paterna bajo el imperio del terror que instauró Francisco Franco y que duraría cuatro décadas.

Los verdugos descargaban sus fusiles formando una fila en paralelo a sus víctimas y, cuando se desmoronaban los cuerpos vacíos sobre la tierra, la autoridad de mayor rango se cobraba el botín de su estatus disparándoles el último tiro que, con sorna y saña, llamaban el de gracia: por ser uno que ya no hacía falta y que apuntaba a la frente para hundir el proyectil donde apenas minutos antes habitaba el pensamiento. Después hacinaban sus cadáveres, los aplastaban unos contra otros para encajarlos en el vehículo en el que —vivos— habían cabido antes. Los trasladaban entonces al cementerio, donde les esperaba una fosa profunda, de unos seis metros, a la que eran arrojados para que yacieran entre un tumulto de despojos sin nombre que en el futuro se convirtiera en una informe maraña de huesos.

Pero la memoria es más obstinada y poderosa que el olvido y, tras más de 80 años, las víctimas del franquismo están emergiendo a la superficie. Al abrir las fosas, los arqueólogos destapan el tiempo que el peso de la tierra había detenido: documentan las huellas del crimen, trazan las posiciones que los esqueletos han dibujado y recogen sus fragmentos hasta reconstruir el tejido pétreo de los cuerpos. Les devuelven así el nombre, el rostro, la vida en la muerte. Para eso han llegado hasta aquí ellas: las mujeres que mantienen viva la llama de su recuerdo. Son sus descendientes, las herederas del trauma de su forzada ausencia. Vienen a denunciar el crimen y, a ser posible, a acabar con la impunidad de sus verdugos. Pero, además, vienen a acariciar los huesos para dejar en ellos el recuerdo del amor y borrarles la herida de la tortura. Vienen a comprobar con sus propios ojos que ha cesado la violencia, que están a salvo y que regresan a casa, aunque ese nuevo hogar sea un nicho. Porque lo importante es que ya no regresen jamás a esa fosa horadada por las manos asesinas sino que descansen por fin en un espacio propio y limpio, con una jarrita con flores y su nombre escrito en la lápida. Un lugar a través de cuyo mármol poder seguir hablándoles para siempre.

Porque una fosa común se puede describir de muchas formas: como un hoyo excavado en la tierra, un receptáculo que alberga las huellas de un crimen, incluso como un túnel a través del cual viajar a un fragmento de tiempo suspendido. Pero recuerden siempre que, antes que todo eso, una fosa común es siempre una herida abierta.

La fotoperiodista Eva Máñez comenzó en 2016 a documentar las exhumaciones de las fosas comunes del cementerio de Paterna y las publicó en los principales medios de comunicación. Durante todo ese proceso, se fue encontrando con decenas de mujeres valientes que le transmitieron una antología de historias sobre el dolor y la búsqueda. Hasta que, en 2021, Máñez tomó la determinación de recoger sus voces, las de las abuelas, las viudas, las hijas, las hermanas, las nietas: las crónicas de quienes nunca perdieron la memoria. El fruto de ese viaje, a través del espacio y el tiempo, es una exposición, ahora finalmente convertida en libro.

Artículo publicado en Pikara Magazine el 17-11-2025