La carrera laboral de Silvia se torció con su primer hijo: su empresa le puso dificultades desde que comunicó su embarazo, unas dificultades que tomaron la forma de discriminación. Beatriz fue víctima de un abuso sexual en la calle y a plena luz del día, cuando un hombre le tocó el pecho sin su consentimiento. A Julia S. la expulsaron del hospital público que llevaba su embarazo cuando las cosas se complicaron y tuvo que abortar. Sintió que hacía algo prohibido, casi clandestino. Montse, mujer bisexual de 53 años, lleva toda su vida escuchando que la bisexualidad es vicio y promiscuidad. María Ángeles se convirtió en la oveja negra de su pueblo cuando se atrevió a denunciar una tradición machista.

Ellas, como todas, han escuchado algunas de esas frases manidas que de vez en cuando se utilizan para desacreditar el feminismo: “¿pero qué más queréis?” o “¿de qué os quejáis” o “lo habéis llevado todo demasiado lejos” o “estáis exagerando”. Sus vidas son solo una muestra de cómo el machismo sigue atravesando la sociedad, generando desigualdad, discriminación y violencia. Y de cómo el feminismo sigue siendo necesario para cambiarlo todo.

Ana tiene 48 años y ha pasado más de la mitad de su vida trabajando como conservera en la industria cántabra. Durante ocho horas al día introduce anchoa, bonito, lo que toque, en pequeños envases o latas. “Es un trabajo muy mecánico, son movimientos repetitivos constantes”, explica. Las tendinitis, el síndrome del túnel carpiano o los trastornos musculoesqueléticos están a la orden del día en un sector fuertemente feminizado. Pero si tiene que hacer una queja, Ana lo tiene claro: “Tenemos un convenio con dos categorías: los hombres que son carretilleros o mecánicos están en una, pero para contratarnos a nosotras se utiliza otra, y ellos cobran más por hora”. Un oficial de primera del grupo laboral en el que entran las conserveras cobra menos por hora que un auxiliar del grupo que se utiliza para encuadrar a las profesiones más masculinizadas. Entre categorías iguales, la diferencia salarial al año puede ser de cerca de 1.500 euros.

La socióloga de la Universidad de València Empar Pablo explica que la segregación ocupacional “es uno de los factores explicativos más importantes de la brecha salarial”. Esta segregación implica que el mercado laboral reproduce la división tradicional de tareas: algunas actividades y trabajos se han considerado más masculinos y otros más femeninos, un reparto muy ligado a los roles de género. Ana lo explica así: “Se supone que a las mujeres se nos daba mejor el trabajo manual por tener manos pequeñas”. Por otro lado, las ocupaciones más feminizadas tienden a tener peores condiciones laborales y salarios. “El trabajo de las mujeres lo tienen visto como si fuera un extra para lo que gana el marido. Eso viene de antes, de cuando ellos eran marineros y ellas iban a la fábrica a hacer el bonito o el bocarte como un suplemento. No se valora realmente el trabajo que hacemos”, apunta Ana. Una de las consecuencias: ellas, con salarios menores, son las que piden adaptaciones de jornada, reducciones y excedencias.

Para entender las discriminaciones de género en el mercado laboral hoy hay que echar la vista atrás. “La participación de las mujeres en el empleo remunerado ha ido de la mano con un cambio de su uso de los tiempos”, señala la economista Libertad González. En las últimas décadas, las mujeres han aumentado mucho su dedicación al trabajo remunerado fuera de casa, han disminuido el tiempo destinado a tareas del hogar (en parte por avances técnicos y por la externalización, fundamentalmente a otras mujeres, sobre todo, migrantes) y han seguido empleando el mismo tiempo para los cuidados.

“Si miramos el uso del tiempo de los hombres durante este mismo periodo casi no ha habido cambios. Dedican casi el mismo tiempo a trabajar fuera, un poco más a trabajar dentro del hogar, y a los cuidados siguen dedicando muy poco. Estos cambios tan grandes en la vida de las mujeres no han ido acompañados de cambios significativos en la vida de los hombres”, diagnostica González. Al mismo tiempo, las empresas siguen primando la total disponibilidad. “Los trabajos bien situados y remunerados no permiten la conciliación”, señala la economista. La mezcla de esas realidades supone un tope, un obstáculo que reproduce desigualdades en el empleo, en el uso del tiempo, en los ingresos, en las posibilidades de autonomía económica, en las pensiones.

Silvia Elvira, de 42 años, vecina de Móstoles, en Madrid, comprobó en primera persona la dureza de un mercado laboral que todavía vive de espaldas a los cuidados. Contable en una empresa, comunicó pronto su primer embarazo, “porque ya veía cosas”. “Me dijeron que cómo había podido pasar esto, que pensaban que yo tenía dedicación a la empresa y que cómo lo íbamos a hacer, que qué había pensado. Les dije que yo solo estaba pensando en que mis análisis salieran bien”, cuenta. Durante su embarazo siguió trabajando a destajo, a veces hasta 13 horas diarias, hasta que su médica le dio la baja mientras en su empresa escuchaba que estar embarazada “no era estar enferma”.

Al incorporarse, no hubo otra que coger una reducción de jornada que pidió con antelación pero que no le concedieron hasta dos meses después de volver a su puesto de trabajo. “La pedí porque no me dejaron adaptar los horarios. Yo quería entrar a las ocho y no me lo permitieron a pesar de que tenía otros compañeros que sí lo hacían. Acababa trabajando aún más horas y pedí aún más reducción de jornada y de sueldo para poder organizarme”, recuerda. Con su segundo embarazo y reincorporación, la hostilidad empeoró. Cuando reclamó sus más de 300 horas extra, la metieron a un despacho: “Me dijeron que era una desagradecida, que siempre que me habían llamado del cole diciéndome que mis hijos estaban enfermos me habían dejado ir a por ellos”.

De media, las mujeres destinan casi tres horas diarias a labores como limpiar, cocinar o hacer la compra. Ellos, dos horas al día. La brecha es aún mayor si hablamos del cuidado de los hijos durante los días laborables: las mujeres dedican 6,7 horas diarias a sus hijos, mientras que los hombres 3,7, según datos del CIS. Un estudio de la asociación Yo No Renuncio de Malasmadres mostraba que el 40% de las madres se sentían agotadas casi todos los días por la carga mental de las tareas domésticas y familiares, y el 34% todos los días. El 77% de las reducciones de jornada para cuidar en pandemia fueron asumidas por mujeres. Y cerca del 70% de las personas que trabajan a tiempo parcial en España son mujeres. Los motivos principales: no encontrar un empleo a tiempo completo y tener que dedicarse a los cuidados.

Ansiedad y depresión mediante, Silvia tuvo que darse de baja y demandó a su empresa por las horas extra sin compensar, también por discriminación y acoso laboral. En el primer juicio, que se demoró años, llegaron a un acuerdo de indemnización. “Necesitaba acabar con eso y seguir mi vida, pero me hubiera gustado tener mi sentencia”, reconoce. La economista Libertad González afirma que pedir reducciones de jornada suele ser una condena, “renunciar a proyección laboral, a promoción, a más salario”. Y menciona el trabajo de la última Nobel de Economía, Claudia Goldin, experta en brechas de género, que señala que o el mercado laboral permite más flexibilidad o las cosas no terminarán por cambiar.

Una violencia que condiciona

Como cada día, Beatriz paseaba tranquilamente a su perra por el barrio cuando se cruzó con un hombre que conocía de vista. De repente, él se puso a tocarle el pecho varias veces sin su consentimiento. La mujer, de 41 años, denunció y él fue condenado por la Audiencia Provincial de Valladolid por abuso sexual a una pena de multa y alejamiento. Durante todo el proceso, Beatriz se sintió “muy respaldada por el sistema” y sorprendida de que saliera adelante, pero, sobre todo, aliviada: “Había cambiado mis hábitos, los horarios y las zonas de los paseos por miedo a volverlo a encontrar. Tras la sentencia me sentí fuerte para volver a recuperar esos espacios”.

En principio, ni siquiera se le pasó por la cabeza denunciar y fue un amigo el que la animó. Tiene claro que hace diez años no lo habría hecho, pero cree que “de un tiempo a esta parte” ha empezado a ser consciente de que “la violencia machista es todo un sistema y estas agresiones más leves responden a las mismas lógicas que las más graves. Por desgracia, desde que somos jóvenes estamos acostumbradas a que estas cosas nos sucedan. ¿A qué mujer no la han seguido o no le han tocado el culo en un bar?”, se pregunta.

La violencia machista en todas sus formas “nos atraviesa a lo largo de toda nuestra biografía”, afirma con contundencia la experta en violencia sexual Bárbara Tardón, que apunta también a cómo esa violencia condiciona las vidas de las mujeres. De hecho, el hombre que agredió a Beatriz ha incumplido la orden de alejamiento que le impuso la audiencia y ella ha vuelto a denunciar. “Me lo encontré debajo de mi portal a las pocas semanas y no le quise dar importancia, pero después hubo tres días seguidos en los que le vi parado enfrente, me vio y no se movió. Me parece una provocación”, afirma.

En España se producen al menos 400.000 incidentes de violencia sexual al año y casi el 30% de las mujeres que han tenido pareja alguna vez ha sufrido violencia de género, según una reciente encuesta europea coordinada por Eurostat. Hasta un 17,9% afirma haber sufrido en algún momento algún tipo de agresión sexual por parte de un hombre y el 28,4% de las mujeres con empleo han sido víctimas de acoso sexual en el trabajo.

A pesar de la envergadura de las cifras, a las que habrá que sumar los casos que permanecen silenciados y nunca se cuentan, Tardón cree que se han dado avances políticos y sociales, desde la Ley del solo sí es sí a “una toma de conciencia” de las propias mujeres. Aunque aún los mitos y estereotipos sobre todos los tipos de violencias machistas siguen reproduciéndose, “se ha puesto en el centro de la agenda” y “empezamos a identificar que la violencia sexual no es solo una agresión con penetración y el uso de la fuerza, sino que hay otros tipos” como el que le ocurrió a Beatriz.

“El control de los cuerpos y de las vidas de las mujeres se ha desarrollado a lo largo de milenios y la estructura que lo permite sigue trabajando de manera sofisticada, pero el avance feminista es una amenaza para el negacionismo y el patriarcado y de ahí que se rearme para intentar que haya un retroceso”, asegura en referencia a los discursos que cuestionan que el feminismo ha ido demasiado lejos. “¡Más lejos tiene que ir!”, zanja la experta.

Abortar sí, pero no aquí

“Es como si estuvieras cometiendo un pecado, como si fuera algo que hay que esconder y que es mejor que no se vea”. Así se sintió Julia S. cuando en septiembre de 2023 se sometió a un aborto por motivos médicos. La gestación no iba bien y con mucho dolor tomó la decisión. Sin embargo, el hospital público de Madrid que le había hecho todo el seguimiento le dijo que allí no podía abortar, que la derivarían a una clínica concertada: “Es una sensación de expulsión total del sistema sanitario. Las ginecólogas me dijeron que en el servicio no eran objetoras, pero que la dirección del centro es la que no lo permite”, explica esta mujer de 36 años.

No es una excepción. El aborto es un derecho en España y una prestación sanitaria pública, pero la inmensa mayoría de hospitales rechaza hacer estas intervenciones, lo que hace que incluso haya mujeres que tienen que viajar fuera de sus provincias. En 2022, último año con datos oficiales, se realizaron 98.136 interrupciones voluntarias del embarazo, pero solo el 17% en centros públicos. Eso a pesar de la entrada en vigor de la reforma del aborto, que prevé que no ocurra. El proceso sigue, además, marcado por la desinformación y el estigma: “En el hospital no sabían nada, no tenían información”, afirma la mujer, que sí sintió “muy bien tratada” en la clínica en la que abortó.

Julia S. volvió a tener que someterse a un aborto hace escasas semanas. “No se había formado el feto, así que me tenían que inducir el aborto, pero no lo consideran igual que si tu decides interrumpir la gestación, así que esta vez sí me lo hicieron en el hospital”, explica. La mujer cree que es algo que no ocurriría si no fuera este un derecho de las mujeres y permanentemente amenazado: “No hay ningún otro servicio sanitario con el que pase esto”, denuncia indignada.

Las vidas de las mujeres están atravesada por el machismo, pero no solo. Muchas de ellas son más que solo mujeres y sus realidades como personas LGTBI, racializadas o migrantes, por ejemplo, se entrecruzan. “No es lo mismo una mujer jornalera de Huelva que está enfrentando violencia sexual que una ciudadana madrileña blanca de clase media que la está enfrentando. Si no somos conscientes de que la intersección de discriminaciones las sitúan en un escenario de mayor desprotección de derechos estamos siendo profundamente insolidarias”, explica Tardón.

Montse Casaoliva Negre, ha sufrido bifobia y homofobia desde que se dio cuenta de que le gustaban tanto los niños como las niñas. Cuando tenía unos 12 años empezaron a correr rumores por el colegio “de que a mí y otras dos compañeras más nos gustaban las chicas”. El acoso escolar “fue muy profundo”, las otras niñas no querían compartir habitación con ella en las excursiones y sufrió agresiones físicas y verbales. “Al final lo vas asumiendo y creyendo que lo que toca es ser heterosexual e intenté adaptarme a la norma”, explica esta mujer, que vive en Sitges (Barcelona).

Aquellos años quedaron atrás y hoy Montse vive fuera del armario como mujer bisexual, pero a sus 53 años es consciente de que su orientación sexual es vista con prejuicio. No son pocas las veces que ha escuchado que la bisexualidad es “promiscuidad o vicio”. Aunque la bisexualidad masculina atraviesa su propio estigma, las mujeres bisexuales “somos vistas desde una mirada machista y estereotipada como si lo único que te importara es hacer tríos y orgías. Es algo que nunca se acaba”, afirma Montse.

La oveja negra

María Ángeles Lorente tiene 53 años y vive en Orgaz, un pueblo de 1.800 habitantes en Toledo. Es administrativa en el consultorio médico y asegura que fue gracias a eso que pudo poner en marcha su activismo. En su caso, denunció el machismo en una fiesta popular: los ‘quintos’ de Orgaz. “Cuando cumplen los 18 los chicos les hacen letras y se las cantan a las chicas. Van casa por casa cantándoles delante de su familia y vecinos letras en las que hay barbaridades, las señalan por su físico o dicen que se la han chupado a no sé quién o que se han acostado con el otro”, explica. Esos comentarios vejatorios la llevaron a hablar con el alcalde y, ya dispuesta a denunciarlo públicamente, a grabar y difundir junto a su hija lo que sucedía durante la fiesta. El vídeo llegó a la prensa local y nacional y en el pueblo hubo “una reacción brutal”.

María Ángeles sintió entonces que se convertía en una oveja negra, aunque también le llegaron muchos apoyos, eso sí, más discretos que las críticas y los señalamientos. “Lo he pasado fatal, y mi hija más. Me llamaban al consultorio y me insultaban”, recuerda. Justo antes de la pandemia, María Ángeles creó, junto con otras mujeres de pueblos de Castilla-La Mancha, la asociación Feministas de Pueblo. “Cuando la creamos me liberé del miedo. Ahora somos una tribu. Justo lo hicimos porque sabemos que hay muchas mujeres sueltas en pueblos sin apoyo y queríamos unir esos hilos sueltos”, argumenta. La asociación busca romper la soledad y el estigma que pueden sufrir muchas mujeres que son feministas en lugares más pequeños y también seguir impulsando las políticas de igualdad locales.

Eso en un contexto en el que el negacionismo arrecia a todos los niveles, y más aún tras las elecciones municipales de 2023, tras las que el Partido Popular ha eliminado la concejalía de Igualdad en una de cada tres ciudades en las que gobierna con Vox. El dato ilustra lo que ocurre a nivel local, pero en los pueblos pequeños “hay mucha cultura del ayuntamiento y todo depende de si tiene perspectiva de género o no”, cuenta María Ángeles, que al igual que Beatriz, Silvia, Julia, Montse y Ana sabe que ponerle palabras al machismo y enfrentarlo junto a otras es la manera de empezar a cambiarlo: “Ahora sentimos que no estamos locas ni solas, que somos una red”.

Artículo publicado en elDiario.es el 08-03-2024