La comida rápida y preparada gana terreno, las cocinas se apagan y el campesinado pierde autonomía. Mientras las grandes cadenas de distribución deciden qué comemos y el planeta soporta el coste ecológico de este modelo, se imponen voces como la de Vandana Shiva, la activista india que advierte que el cambio climático es un trastorno metabólico provocado por la alimentación industrial. Y los datos actuales le dan la razón: más emisiones, más dependencia y menos biodiversidad.
Más del 40 % de los hogares españoles consumen habitualmente comida preparada, y su consumo no deja de aumentar año tras año. Esta tendencia no es anecdótica. Responde a un cambio estructural en la forma en que nos alimentamos y nos relacionamos con el tiempo. Tal como recuerda Javier Guzmán, director de Justícia Alimentaria, en La Directa, el sistema alimentario industrial “nos ha invitado educadamente a salir de nuestras cocinas”. Lo que antes era un espacio comunitario, de transmisión cultural y de autonomía, ha pasado a ser un recuerdo. ¿El resultado? Hemos sustituido el recetario popular —tejido durante generaciones— por productos diseñados en laboratorios, pensados no para alimentar, sino para durar más, seducir más y costar menos. Nuestra dieta se ha llenado de productos ultraprocesados, cargados de sal, azúcar, grasas de baja calidad y aditivos, que enmascaran la pobreza nutricional de unos ingredientes pensados para resistir la logística global. Pero no se trata solo de una cuestión de salud individual: es una cuestión ecológica, cultural y política. |
Dedicamos solo 6 horas y 20 minutos semanales a cocinar, casi media hora menos que hace cinco años |
Vivimos en una época en la que comer bien se ha convertido en sinónimo de rapidez, conveniencia y ahorro de tiempo. De media, dedicamos solo 6 horas y 20 minutos semanales a cocinar —casi media hora menos que hace cinco años, según advertía un estudio de GFK. Esta reducción del tiempo doméstico no es casual: es el resultado de un modelo económico que monetiza la falta de tiempo. Las grandes corporaciones alimentarias han sabido convertir la precariedad laboral y la prisa en un vínculo comercial perfecto. El tiempo que no tenemos es el tiempo que la industria nos vende. Y detrás de esta “comodidad” se esconde un sistema que externaliza todos los costes sociales, ecológicos y culturales. Los grandes supermercados, que ya controlan más del 70 % del mercado minorista español, deciden qué se produce, cómo se distribuye e incluso qué comemos. Las cadenas de suministro global reducen la diversidad agrícola a unos pocos monocultivos rentables y desplazan al campesinado local, que pasa de ser productor de alimentos a proveedor de materia prima barata para la industria.
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