Los seres humanos necesitamos ritos para marcar los momentos importantes en nuestras vidas, para sentirnos parte de un colectivo -para pertenecer, que es algo que tanta falta nos hace a todos, y que, por desgracia, puede llevar a terribles aberraciones-, para tomar conciencia de quiénes somos y en qué punto de nuestro desarrollo nos encontramos.

Durante mucho tiempo, la mayor parte de los grandes momentos de nuestras vidas estaban refrendados por rituales que había establecido la Iglesia Católica: el bautizo de los recién nacidos, que los integraba en la comunidad a la que iban a pertenecer durante el resto de su vida; la comunión, que los marcaba como seres “con uso de razón”; la confirmación, que era un rito de paso bastante más débil que en otras religiones y culturas, pero, igual que en ellas, orientado a marcar al joven o la joven como miembro adulto de la comunidad; el matrimonio, a partir del cual hombres y mujeres podían ya, con el beneplácito de dios y de la sociedad, tener relaciones sexuales y procrear, y más tarde, al final de la vida, los ritos funerarios.

Salvo situaciones sociales como los cumpleaños, los aniversarios, la puesta de largo de las muchachas, las ceremonias académicas y las tomas de posesión políticas, la Iglesia se apropió de todos los momentos fundamentales en el desarrollo de una vida humana, e incluso, en los ejemplos anteriores, se solía añadir una misa de acción de gracias para redondear el ritual. No existían más ritos que los que la Iglesia había previsto para celebrar los días especiales a lo largo de la vida humana, hasta tal punto que conozco gente que ha celebrado la “no comunión” de sus hijos para que no fueran los únicos del colegio en perderse ese día, “el más feliz de tu vida” como decían los recordatorios de cuando yo era pequeña.

Por eso, ahora que la influencia de la Iglesia -por diversas razones en las que no voy a entrar- ha bajado hasta casi desaparecer, nos encontramos en un vacío ritual considerable y nos esforzamos por inventar nuevas ceremonias para esos momentos que queremos marcar como especiales, sobre todo las bodas y los entierros.

En El Principito, de Antoine de Sant-Exupéry, cuando el pequeño protagonista extraterrestre habla con el zorro en los primeros pasos de su amistad, este le explica:

“Los ritos son necesarios.   -¿Qué es un rito? -dijo el Principito.   -Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-.   Es lo que hace que un día sea distinto de otros días, una hora, distinta de otras horas

Es lo que seguimos haciendo, cada vez más desprovisto de contenido, al celebrar la Navidad o la fiesta de los Reyes Magos. Ya nos da igual por qué lo hacemos, pero seguimos queriendo que esos días sean diferentes a los demás, y por eso nos empeñamos en revestirlos de costumbres y ceremonias que a la mayor parte de nosotros ya no nos dicen nada, e incluso nos incomodan, por falta de otros rituales que nos permitan “vestirnos el corazón” como decía el zorro. Mucha gente ha optado por descartar los ritos tradicionales y dedicar esos días al descanso, o a viajar o a quedarse tranquilo en casa ordenando armarios, leyendo o viendo series en televisión porque ¿para qué seguir poniendo el pesebre, o el árbol de Navidad, cuando hace mucho que ya no le ve ningún sentido a esa tradición, cuando incluso lo de reunir a toda la familia en torno a una mesa se traduce en horas y horas de trabajo en la cocina para luego sentarse juntos, con el miedo de que la conversación derive hacia temas que pueden llevar a una discusión espantosa o de que este o aquel empiece a hacer chistes de mal gusto o a dar opiniones que nos van totalmente a contrapelo?

Si queremos marcar ciertos días como días diferentes, especiales, memorables, deberíamos abandonar la inercia de siglos, de hacer “lo que siempre se ha hecho”, para hacer algo a la medida de nuestras necesidades, de nuestros deseos. En lugar de dejar que otros nos solucionen el expediente, plantearnos si de verdad ese día especial nos importa lo suficiente como para concederle imaginación, amor y trabajo para que de verdad valga la pena.

Asistí hace un par de días -precisamente la Noche de Reyes- al funeral del hermano de un buen amigo, un hombre aún joven que había fallecido tras una larga y muy dolorosa enfermedad. Ni él ni su familia pertenecían ya a la Iglesia Católica y no habría tenido sentido para ellos organizar un funeral en un templo siguiendo el ritual previsto para estos casos. La hora sí que fue la habitual en Austria: las tres y media de la tarde, ya casi de noche, con un frío húmedo e insidioso y un aguanieve persistente.

Nos reunimos en la sala de entrada al cementerio donde iba a ser depositada la urna funeraria y allí, mientras una de las amigas del difunto tocaba la guitarra suavemente, otros amigos habían preparado una veintena de fotografías que mostraban su vida, desde su nacimiento hasta sus últimos tiempos. Se le veía solo o con sus seres más queridos en los paisajes que más habían significado para él, en las actividades de las que más había disfrutado, mientras sonaban sus piezas de música favoritas, y no precisamente clásicas: una de ellas, un tango, otra, una preciosa versión de Bella Ciao en alemán e italiano. Hubo flores -nos pidieron que cada uno de los asistentes llevara una única flor-, palabras evocadoras y muchas velas encendidas. Y, al salir, para el recuerdo, cada uno de nosotros se llevó un redondelito de madera, cortada de la rama de uno de los árboles del bosque que él había cuidado, por el que había paseado durante toda su vida, hasta que la enfermedad se lo impidió. Fue triste, bello y memorable.

No pude evitar pensar en el primer funeral de mi vida -el del abuelo de un amigo-, en mi adolescencia, en una parroquia de barrio fea como ella sola, con un cura harto y aburrido, que no había conocido al difunto y que se limitó a decir cuatro vaciedades -las de siempre, de esto me enteré después de haber asistido a muchos más entierros en mi vida- y se ausentó un minuto para poner en un tocadiscos un poco de música eclesiástica mientras daba la comunión a quien quiso tomarla. El disco estaba rayado y hasta que el sacerdote no terminó de dar la comunión no pudo volver a subir al altar a quitar la aguja del surco.

Sé que es un ejemplo extremo. He ido a funerales clásicos y católicos mucho más solemnes y bien concebidos, pero está claro que, al menos en esta parte del mundo, necesitamos un cambio. Cuando ha desaparecido de nuestra vida una persona importante para nosotros, no nos consuela nada que nos digan que ahora está mejor, o que volveremos a vernos, o que es voluntad divina. Al oír cosas similares la mayor parte de nosotros piensa que nos están engañando. Ni siquiera los creyentes, los buenos católicos, están menos tristes o se sienten confortados por esas palabras manidas que han perdido todo significado.

Necesitamos nuevos ritos que nos unan, que nos hagan sentir que esa persona que ya no está ha vivido una vida plena y ahora, como todo lo que vive, ha dejado de existir, pero ha dejado una huella imborrable en quienes la amaron.

Tenía razón el zorro: los ritos son importantes porque nos hacen sentir que las cosas tienen una pizca de sentido, porque nos unen en el dolor, en la alegría, en las emociones que más nos marcan en la vida. Los ritos nos ayudan contra el olvido, nos refrescan en la memoria lo que hemos vivido antes y nos hacen pensar en lo que aún nos queda por vivir para recordarnos cómo podemos hacerlo mejor para que, cuando lleguemos al final y nuestra existencia quede reducida a esas veinte o treinta fotos, los que nos amaron puedan sonreír entre las lágrimas y guardar nuestro recuerdo como se guarda una flor de primavera entre las páginas de un libro, como una reminiscencia del color que tuvo y de la alegría que nos brindó.

Artículo publicado en elDiario.es el 08-01-2024