Hay una pregunta que llevo rumiando hace tiempo y que no me abandona: ¿qué ocurre cuando una civilización decide que solo existe aquello que puede contabilizarse? No lo pregunto en abstracto. Lo pregunto mirando a China desde Montreal, mirando a Escandinavia desde el sur del mundo, mirando a la humanidad entera desde el único lugar que tengo — este cuerpo que observa, este oficio que obliga.

Cuando en 1970 arrancó el ecologismo político, es probable que pocos imaginasen su influyente futuro. Hoy, se ha asentado como una pieza más de los programas y los debates políticos, una cuestión clave para el futuro de las sociedades. Y, sin embargo, se ha convertido también en un elemento polarizante. Frente a estos choques de ideas, el mañana exige una ilustración ecológica.

Escalada de guerras infinitas, catástrofes medioambientales, niveles sin precedentes de desigualdad social y regímenes autoritarios inderrumbables. Estas son algunas de las consecuencias que el lingüista, politólogo y activista estadounidense Noam Chomsky asocia al sistema económico predominante en la actualidad, sobre el que reflexiona en ‘Las consecuencias del capitalismo’ (Bellaterra Edicions).

Si el capitalismo es una sindemia, va a seguir produciendo virus y pandemias. Ese es el futuro y no es halagüeño. La política y la ciencia deberían estar luchando para liberar a la humanidad y a ellas mismas del capitalismo. Eso sí sería bueno para todos

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