Hay una pregunta que llevo rumiando hace tiempo y que no me abandona: ¿qué ocurre cuando una civilización decide que solo existe aquello que puede contabilizarse? No lo pregunto en abstracto. Lo pregunto mirando a China desde Montreal, mirando a Escandinavia desde el sur del mundo, mirando a la humanidad entera desde el único lugar que tengo — este cuerpo que observa, este oficio que obliga.

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