Reconectar con lo humano ante un presente hiper-tecnologizado.
Me sucedió algo curioso durante el tratamiento reciente de la reforma laboral en el Congreso argentino: mientras se daba el debate de la ley en la Cámara de Diputados mis redes sociales y yo estallábamos de indignación. Ante la necesidad de volcar ese enojo por la furibunda quita derechos consagrados, me sumé a la noche a un “cacerolazo” en la esquina más transitada de mi barrio. Éramos literalmente 25 personas, llegando a los 40 en el mejor momento. Hicimos ruido por más de dos horas, mientras sufrimos algún insulto desde un auto y padecimos la indiferencia generalizada de la mayoría de nuestros vecinos y vecinas.



