Cuando Trump habla de que ellos lo tienen “todo” lo hace desde la insatisfacción y la voracidad. O sea, es insaciable. No hay límites. Quieren más, y en ese más las mujeres son el objeto de consumo. No de deseo, sino de avidez. No hay pulsión de vida, sino su contrario: siempre un paso más lejos, siempre un poco más bestia, siempre un poco más violento. Esa voracidad yonqui de cuerpos de mujer o niña me produce un miedo que conozco bien, un miedo hacia el macho que nunca se sacia, que siempre quiere ir un poco más lejos.

La diferencia de Trump y Epstein con el resto es que ellos creen que su condición es única, exclusiva. Los hombres organizados en chats demuestran que no, que esa realidad se multiplica exponencialmente. En sus repugnantes agujeros de violencia sexual, los chats no hacen sino reproducir la isla donde depredador comparte a sus adolescentes para consumo de machos cuyos límites no existen.
Artículo publicado en Público el 10-09-2025