Siempre llego tarde a mis citas y ese día no fue una excepción. Él esperaba en la salida del metro. Llevábamos quince días sin vernos, pero yo ya sabía que el rencuentro sería a cara de perro. No hubo un «hola». Caminamos en silencio hacia su coche. Solo lo rompí haciendo un par de preguntas vacías que no obtuvieron más respuesta que algún resoplido cargado de desdén. Esta ya me la sabía por otras tantas veces. Lo mejor era callar y esperar a que escampara.

Pero eso solo lo decidía él.

Subimos al coche. Conducía bruscamente. El corazón me latía fuerte y rápido. Conseguí reunir el valor suficiente para hacerle la pregunta cuando enfiló la carretera de la Coruña. Mi voz no era mi voz cuando musité «¿por qué estás enfadado?». Lo que vino a continuación lo guardo en mi memoria como el Nosferatu de Murnau. Mi cerebro ha querido borrar el sonido pero grabar a fuego el volantazo, sus puños cerrados de pura ira, sus gritos en mi cara, la saliva salpicándome unos ojos tan abiertos como aterrados, sus golpes en el salpicadero hasta hacer saltar los conductos de la ventilación. El pánico. Me echó del coche allí mismo, en la carretera, apenas pasado Agrónomos.

Cinco minutos. Me había retrasado cinco minutos.

Volví andando al Intercambiador de Moncloa jurándome que ya no más. Pero hubo más. Vinieron más días de Mr. Hyde. El Dr. Jekyll acabó convirtiéndose en un vago recuerdo porque mis conversaciones eran huecas para él y así le gustaba hacérmelo saber, bien a gritos bien con la más absoluta indiferencia. Nada estaba a su altura. Ni yo, ni mi entorno cada vez más remoto. Mis diez centímetros de altura de ventaja se disipaban hasta convertirme en liliputiense. Muda. Inexistente.

Con datos de noviembre, y según el sistema VioGén, 82.363 mujeres y adolescentes tienen protección policial. Esto significa que hay 82.363 mujeres y adolescentes que han conseguido identificar lo que pasa entre sus cuatro paredes como maltrato, han roto las bridas del pánico, han denunciado y un juzgado de violencia sobre la mujer ha decidido ponerles protección.

Es decir, el recorrido que han tenido que hacer hasta contar con algún tipo de seguridad es similar al de cruzar el Rubicón. Miguela, Carolina, Tatiana Beatriz…De las (hasta la fecha) 55 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas este año, 14 habían denunciado. De ellas, cuatro tenían, incluso, medidas de protección vigentes. Pero las mataron. Cruzaron el Rubicón y no había nadie al otro lado.

Siempre que los periodistas hablamos de violencia machista corremos el riesgo de ahogarnos en un mar de cifras, pero si no ponemos números callamos ante esta masacre silenciosa. Les debemos la estadística y, sobre todo, les debemos arrojar esas cifras, frías y apabullantes, a la cara de quienes tienen en sus manos protegerlas.

Casi la mitad de las adolescentes víctimas de la violencia de género, según un estudio de la Fundación ANAR, no son conscientes de serlo. A Ellia, de 17 años, su novio la mató de varios disparos este mes de marzo. Él se había cuidado bien de fabricar un arma casera para acabar con ella en un descampado de Sevilla.

Hemos identificado ya el primer escollo: saber que lo que le pasa a una tiene nombre y se llama violencia machista. Ahora llega el siguiente, denunciarlo. Y aquí entra en juego el entorno de la víctima y del agresor. Del primero, poco que decir porque ya se preocupan los maltratadores de aislar a sus mujeres (nunca un pronombre fue más posesivo). Los que pueden apreciar el cambio, el derrumbe físico y moral de la víctima, los que pueden alertarte del infierno por el que transitas están cada vez más fuera de tu círculo. Y la esfera del contrincante es una trampa mortal. Porque ellos, tan sádicos puertas adentro, saben bien cómo comportarse como los mejores amigos y empleados puertas afuera. Quién puede denunciar a esas bellísimas personas de fachada. Cómo se va a hacer si hay dependencia económica, si están los críos por medio, si no te reconoces ni en el espejo, si a veces es Dr. Jekyll.

Pero un día dan el paso. El salto, más bien, y denuncian. Resulta que, dependiendo del juzgado que toque en suerte, hay red o se cae al vacío. Según los datos del CGPJ, de 2005 a 2022 se aceptaron algo más del 67% de las órdenes de protección que se solicitaban. Hay juzgados de violencia contra la mujer que las deniegan de manera casi sistemática, ya es casualidad. El juzgado que rechazó la de Tatiana Beatriz, a la que su expareja degolló en Carabanchel este noviembre después de rajar el cuello de su hija de 5 años, solo ha otorgado el 35% de las solicitudes en 17 años.

Siete veces se ha reunido el comité de crisis de la violencia machista para ver qué pasa. Para averiguar por qué nos siguen matando indiscriminadamente por ser (sus) mujeres. Y no saben qué decir. Si no tienen repuestas, cómo esperar soluciones.

Las comparecencias son un mar de obviedades y, en ocasiones, de frases que rompen el alma. La respuesta de una recién estrenada ministra de Igualdad, Ana Redondo, a los fallos en el sistema que propician que mujeres víctimas de la violencia machista sean asesinadas, aun a pesar de haber denunciado, no puede ser «por lo que sea» o «eso es lo que hay que ver». Decir, como dijo, que «las mujeres denuncian, pero no todo lo que deberían» es de una crueldad supina. Una culpabilización perfecta de la víctima. Y, para rematar, un tétrico ahí te las apañes institucional cuando espetó que «no podemos defender a todas las víctimas en todo momento». La asunción descarada del abandono a la víctima y un tirón hacia atrás de aquella que estuviera en casa debatiéndose entre ir al juzgado o taparse las heridas.

Volvamos al dato. La vida de 975 mujeres con órdenes de protección en este país está en peligro. Esto es, pueden ser degolladas, asfixiadas, arrojadas al vacío, tiroteadas… en cualquier momento. Y otras 50.000 pueden ser agredidas de nuevo. Eso sin contar con las víctimas silenciosas. Cualquier nuevo golpe y, por supuesto, cualquier nuevo asesinato será un fracaso más como sociedad. Ellas hicieron lo más complicado, somos los demás quienes tenemos que estar a la altura.

Pasaron años hasta que pude abrir sin temor la puerta de casa ante la incertidumbre de descubrir qué versión del monstruo encontraría al pasar el umbral, hasta que aprendí a no normalizar la humillación y degradación constante. A valorar el silencio que nace del placer y la tranquilidad, no del miedo. Pero más años transcurrieron hasta que reconocí y bauticé a lo que aquella pareja infame hizo conmigo durante demasiado tiempo. Y me retuerce que eso pasara factura únicamente en mi vida, a este lado de la orilla, en modo de posos que nunca terminan de disolverse. Porque él siguió adelante y se rodea de personas que le consideran un gran tipo.

Mientras sigan, sigamos, callando, ellos ganan. Y si quienes nos gobiernan se enrocan en borrar realidades, maquillarlas y tirar la toalla asumiendo incapacidades, nos seguirán matando.

Ni una más. Ni una menos.

Artículo publicado en Ethic el 18-12-2023