Desde la pasada semana se puede ver en Filmin el documental “Yo soy Andrew Tate”, dirigido por Marguerite Gaudin. El documental te deja peor cuerpo que la comida de un hospital, pero parece bastante fidedigno en el retrato de Andrew Tate, el influencer de extrema derecha que está actualmente en libertad bajo arresto domiciliario acusado de haber cometido tráfico sexual en una unidad de crimen organizado que, presuntamente, secuestró a dos menores, las violó y las usó en vídeos pornográficos.

¿Cómo llegó este tipo a la fama? Básicamente por su extrema misoginia. En sus vídeos, en los que a menudo se presenta sin camiseta y con un cigarro en la mano, exhorta a los hombres a trabajar duro para lograr un impacto duradero en el mundo, un mensaje que combina con discursos profundamente misóginos, retrógrados, nihilistas o más simples que el mecanismo de un botijo como que las mujeres pertenecen a los hombres. “La autodefensa femenina es una broma. ¿Qué coño vas a hacer cuando estés en esta situación?”, dice en uno de esos vídeos después de imitar un puñetazo en la cara de una mujer. Tate le promete a sus seguidores revertir la feminización de la sociedad moderna, un milagro bíblico perpetrado por un Mesías marichulo.

A lo largo del documental podemos ver muchas imágenes suyas detallando la brillante fórmula de su éxito: dinero, coches de alta gama y mujeres intimidadas. Una vida a la que cualquier adolescente querría aspirar, vende él, especialmente cualquier adolescente cargado de frustraciones al que nadie es capaz de atender o escuchar. Y ese es el peligro de influencers como Andrew Tate: el poder que tienen en una generación de chicos jóvenes profundamente hastiados y perdidos.

Esta semana leí un reportaje en un medio estadounidense en el que preguntaban a algunos de esos chicos por qué habían caído en las garras de Tate y de la misoginia online. “Empecé a ver vídeos en los que se preguntaban por qué los hombres son infelices, y el diagnóstico coincidía con mi propia infelicidad”, decía uno de esos chicos. Esta es la clave del asunto. El éxito de los influencers misóginos se entiende no solo por la misoginia, que por supuesto la hay de base, sino también por un contexto de inseguridad financiera, aislamiento social, pandemia o problemas de salud mental. El éxito de estos influencers misóginos radica en su capacidad para avivar las inseguridades de esa generación. Se puede decir que son hombres que explotan a otros hombres: estafadores, timadores, gurús, coaches que comercian con la misoginia y la insuficiencia masculina para alimentar crecientes cultos a su personalidad.

Las últimas horas han sido fatales en violencia machista en España, un fenómeno que siempre vemos lejano, casi ajeno dentro de la repulsa. El punto es que cuando pensamos en un maltratador nos solemos imaginar mentalmente a un monstruo depredador de mediana edad o mayor. Pero ninguno comenzó así, como si en su cerebro algo se hubiese torcido repentinamente, como si hubiesen contraído un virus incurable. Casi siempre todo comienza antes, casi todo comienza en la adolescencia.

La nuevas generaciones son mayoritariamente más progresistas que las generaciones anteriores: apoyan más el multiculturalismo, las distintas sexualidades e identidades de género. Pero muchos se definen abiertamente y con orgullo como antifeministas. Al hablar de Andrew Tate o cualquier de influencer misógino no basta con etiquetarle a él y a sus seguidores como personas deplorables, que es lo fácil. Deberíamos mirar más allá y preguntarnos por qué son tan populares; qué lleva a esos chicos a encontrar consuelo en esas peroratas despreciables.

Artículo publicado el ElDiario.es el 30/06/2024